Marqués de Sade Justine.pdf

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interesaros, estoy decidida al silencio si no me dais, antes, vuestra palabra de
honor de no demostrar ningún resentimiento a vuestro señor sobrino por lo que
tiene la audacia de proyectar... Actuaréis, señora, y tomaréis las medidas que os
parezca, pero no diréis palabra. Dignaos a prometérmelo, o me callo.
La señora de Bressac, que creyó que sólo se trataba de alguna de las
extravagancias habituales de su sobrino, se comprometió con el juramento que
yo le exigía, y se lo revelé todo. La desdichada mujer se fundió en lágrimas al
enterarse de esta infamia.
––¡Monstruo! ––exclamó––. ¡,Qué he hecho yo si no procurar siempre su bien?
Si he pretendido prevenir sus vicios, o corregirlos, ¿qué otro motivo que su
felicidad podía obligarme a esta severidad?... Y esta herencia que acaba de
recibir, ¡,acaso no se la debe a mis cuidados? ¡Ah, Thérèse, Thérèse,
demuéstrame la realidad de este proyecto!... Haz que no pueda dudar de él.
Necesito todo lo que pueda acabar de apagar en mí los sentimientos que mi
corazón ciego todavía se atreve a conservar hacia este monstruo...
Y entonces le mostré la bolsa de veneno; era difícil presentarle una
demostración mejor. La marquesa quiso hacer pruebas. Hicimos tragar una
pequeña dosis a un perro que encerramos, y murió al cabo de dos horas con
unas espantosas convulsiones. La señora de Bressac, que ya no podía dudar,
se decidió. Me ordenó que le entregara el resto del veneno, y escribió inmediatamente a través de un correo al duque de Sonzeval, pariente suyo, que se
presentara en secreto al ministro y que le comunicara la atrocidad de un sobrino
del que estaba en vísperas de convertirse en víctima; que se proveyera de una
carta de encarcelamiento; y que corriera a sus tierras para liberarla lo antes
posible del malvado que conspiraba tan cruelmente contra sus días.
Pero el abominable crimen debía consumarse; fue preciso que, por un
inconcebible permiso del cielo, la virtud cediera a los esfuerzos de la maldad. El
animal sobre el que habíamos efectuado la prueba nos acusó ante el conde. Lo
oyó aullar y, sabiendo que ese perro era querido por su tía, preguntó qué le
habían hecho. Aquellos a quienes se dirigió, que lo ignoraban todo, no le
contestaron con claridad. A partir de ese momento, concibió sospechas; no dijo
