Marqués de Sade Justine.pdf


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––Veo perfectamente que me he equivocado, Thérése ––me dijo––. Quizá me
siento más molesto por ti que por mí. Da igual, ya encontraré otros medios y tú
habrás perdido mucho sin que tu ama haya ganado nada.
Esta amenaza cambió todas mis ideas: al no aceptar el crimen que me
proponía, yo arriesgaba mucho por mi cuenta mientras mi señora perecía
infaliblemente; consintiendo la complicidad, me ponía a cubierto de las iras del
conde, y salvaba probablemente a su tía. Esta reflexión, obra de un instante, me
decidió a aceptarlo todo. Pero como un cambio tan repentino habría podido
parecer sospechoso, tardé un tiempo en mostrar mi derrota: obligué al conde a
repetir más de una vez sus sofismas, y adopté poco a poco la actitud de no
saber ya qué responderles. Bressac me creyó vencida, legitimé mi debilidad con
la fuerza de su arte y al final me rendí. El conde se arroja a mis brazos. ¡Cómo
me habría colmado de satisfacción este gesto si hubiera tenido otra causa!...
¿Qué digo? Ya era demasiado tarde: su horrible comportamiento, sus bárbaros
proyectos, habían aniquilado todos los sentimientos que mi débil corazón osaba
concebir, y sólo veía en él a un monstruo...
––Tú eres la primera mujer que abrazo ––me dijo el conde––, y, a decir
verdad, con toda mi alma... Eres deliciosa, hija mía. ¡Al fin un rayo de sabiduría
ha penetrado en tu mente! ¡Cómo es posible que esta encantadora cabeza haya
permanecido tanto tiempo en las tinieblas!
Y después nos pusimos de acuerdo respecto a los hechos. En más o menos
dos o tres días, de acuerdo con las facilidades que yo encontrara, debía disolver
una bolsita de veneno, que me entregó Bressac, en la taza de chocolate que la
señora tenía por costumbre tomar cada mañana. El conde me cubría de todas
las consecuencias, y me entregaba un contrato de dos mil escudos de renta el
mismo día de la ejecución. Me firmó estas promesas sin especificar lo que debía
llevarme a disfrutarlas, y nos separamos.
Ocurrió mientras tanto algo harto singular, muy apropiado para desvelaros el
alma atroz del monstruo con el que yo trataba, para que yo interrumpa un mi
nuto, contándooslo, el relato que sin duda esperáis del desenlace de la aventura
en la que me había metido.