Marqués de Sade Justine.pdf

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embrollar hasta tal punto la doctrina que se hace imposible comprenderla;
insuflar su conocimiento a un pequeño número de individuos; mantener a los
restantes en el error, y castigarlos por haber permanecido en él... ¡No, Thérèse,
no, no! Tantas atrocidades no pueden guiarnos; preferiría mil veces morir antes
que creerlas. Cuando el ateísmo necesite mártires, que los designe y mi sangre
estará dispuesta. Detestemos esos horrores, Thérèse; que los improperios más
duros cimenten el desprecio que merecen... Apenas comenzaba yo a abrir los
ojos y ya detestaba estas groseras fantasías; juré entonces que las pisotearía y
me prometí no volver jamás a ellas. Imítame, si quieres ser feliz; detesta, abjura
y profana al igual que yo tanto el objeto odioso de este culto horrible como el
propio culto, creado para una quimera, hecho, como ellas, para ser envilecido
por todo lo que pretende alcanzar la sabiduría.
* El marqués de Bièvre jamás llegó a hacer ninguno que valiera el del
Nazareno a su discípulo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra alzaré mi Iglesia».
¡Y que se nos venga a decir ahora que los calambures son de nuestro siglo! (N.
del A.)
––¡Oh, señor! ––contesté llorando––, privaríais a una desdichada de su más
dulce esperanza si marchitarais en su corazón esta religión que la consuela.
Firmemente encariñada con lo que enseña y absolutamente convencida de que
los ataques que recibe sólo son consecuencia del libertinaje y de las pasiones,
¿podría sacrificar a unas blasfemias y a unos sofismas que me horrorizan, la
más querida idea de mi espíritu, el más dulce alimento de mi corazón?
Añadí mil razonamientos a éstos, que sólo provocaban la hilaridad del conde;
de este modo sus capciosos principios alimentado por una elocuencia más viril,
apoyados en lecturas que afortunadamente yo jamás había hecho, atacaban
cada día todos los míos, pero sin quebrantarlos. La señora de Bressac, llena de
virtud y de piedad, no ignoraba que su sobrino defendía sus extravíos con todas
las paradojas de moda. A menudo se quejaba de ello conmigo, y, como se
dignaba juzgarme algo más sensata que sus restantes doncellas, le gustaba
confiarme sus penas.
