Marqués de Sade Justine.pdf

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en que para unas pretensiones tan elevadas hacía falta, por lo menos, algunos
títulos. ¿Cuáles son los de tu ridículo embajador? ¿Qué hará para demostrar su
misión? ¿La tierra cambiará de aspecto; las plagas que la afligen
desaparecerán; el sol la iluminará noche y día? ¿Los vicios dejarán de mancharla? ¿Veremos reinar finalmente la felicidad?... Nada de eso, el enviado de
Dios se anuncia al universo con juegos de manos, brincos y calambures;* el
Ministro del cielo se presenta a manifestar su grandeza en la respetable
compañía de braceros, de artesanos y de rameras; emborrachándose con unos
y acostándose con las otras el amigo de un Dios, Dios también él, decide
someter a sus leyes al pecador empedernido; inventando para sus farsas todo lo
que puede satisfacer su lujuria o su glotonería así es como el bribón demuestra
su misión. En cualquier caso, tiene suerte; se unen al farsante unos cuantos
satélites mediocres; se forma una secta; los dogmas de esta canalla consiguen
seducir a unos cuantos judíos: esclavos del poder romano, debían abrazar con
júbilo una religión que, liberándolos de sus grilletes, sólo los doblegaba al freno
religioso. Adivinan sus motivos, desvelan su indocilidad; detienen a los sediciosos; perece su jefe, pero de una muerte excesivamente suave, sin duda,
para su tipo de crimen, y por una imperdonable falta de reflexión dejan dispersar
a los discípulos de ese patán, en lugar de degollarlos con él. El fanatismo se
apodera de las mentes, las mujeres gritan, los locos se agitan, los imbéciles
creen, y ya tenemos al más despreciable de los seres, al más torpe de los
bribones, al más grosero impostor que jamás haya existido, convertido en Dios,
en hijo de Dios, igual a su padre. ¡Todas sus fantasías consagradas, todas sus
palabras convertidas en dogmas, y sus simplezas en misterios! ¡El seno de su
fabuloso Padre se abre para recibirle, y el Creador, antes único, se convierte en
triple para complacer a ese hijo digno de su grandeza! ¿Pero se conformará ese
santo Dios con tanto? No, nada de eso, su celeste poder se prestará a favores
mucho mayores. Por la voluntad de un sacerdote, o sea, de un truhán cubierto
de mentiras y de crímenes, ese gran Dios creador de todo lo que vemos se
humillará hasta el punto de descender diez o doce millones de veces cada
mañana a un pedazo de harina amasada que, debiendo ser engullido por los
