Marqués de Sade Justine.pdf

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esta preciosa simiente, arrojada ardiendo en el fondo de nuestras entrañas,
consiguiera, con su calor y su fuerza, hacer brotar la nuestra en sus manos... No
te imagines, Thérèse, que estamos hechos como los demás hombres: se trata
de una construcción totalmente diferente, y el cielo al crearnos adornó los altares
en donde nuestros enamorados sacrifican con la membrana cosquillosa que
tapiza en vosotros el templo de Venus. Somos, sin duda, tan mujeres como
vosotras lo sois en el santuario de la generación; y no dejamos de sentir ni uno
de vuestros placeres, no hay ni uno del que no sepamos disfrutar; pero tenemos,
además, los propios, y esta reunión voluptuosa es lo que nos convierte en los
hombres de la Tierra más sensibles a la voluptuosidad, los mejor creados para
sentirla. Esta hechicera reunión es la que hace imposible la rectificación de
nuestros gustos, lo que nos convertiría en unos entusiastas y en unos frenéticos
si se cometiera la estupidez de castigarnos... ¡lo que nos hace adorar, hasta la
tumba finalmente, al dios encantador que nos encadena!
Así se expresaba el conde, preconizando sus desmanes. Yo intentaba hablarle
del ser al que se lo debía todo, y de los pesares que semejantes extravíos
provocaban en su respetable tía, pero sólo descubría en él despecho y
malhumor, y sobre todo impaciencia por ver tanto tiempo, en tales manos, unas
riquezas que, según decía, debían pertenecerle. Sólo veía en él el odio más
inveterado contra una mujer tan honesta, la rebelión más clara contra todos los
sentimientos de la naturaleza. ¡,Será cierto, pues, que cuando se ha llegado a
transgredir tan formalmente en los propios gustos el sagrado instinto de esta ley,
la consecuencia necesaria de este primer crimen en una espantosa inclinación a
cometer después todos los demás?
A veces me servía de los medios de la religión; casi siempre consolada por
ella, intentaba hacer llegar sus dulzuras al alma de aquel perverso,
prácticamente segura de atraerle con sus lazos si conseguía hacerle compartir
sus atractivos. Pero el conde no me dejó emplear largo tiempo esas armas.
Enemigo declarado de nuestros más santos misterios, crítico obstinado de la
pureza de nuestros dogmas, antagonista indignado de la existencia de un Ser
