Marqués de Sade Justine.pdf

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senderos de la virtud: puede que utilizara para ello un rigor excesivo. Resultaba
de ahí que el conde, más excitado por los efectos mismos
de esta severidad, se entregaba a sus gustos aún con mayor ímpetu, y la
pobre marquesa sólo obtenía de sus insistencias un odio más encarnizado.
––No te creas ––me decía muy frecuentemente el conde–– que por su natural
mi tía interviene en todo lo que te concierne, Thérèse. Si yo no la acuciara en
todo momento, ella apenas se acordaría de las atenciones que te ha prometido.
Presume ante ti de todos sus pasos, mientras que en realidad son obra mía. Sí,
Thérèse, sí, sólo a mí debes agradecimiento, y el que exijo de ti debe parecerte
tanto más desinteresado cuando, por muy bella que seas, sabes muy bien que
no son tus favores lo que pretendo. No, Thérèse, los servicios que espero de ti
son muy diferentes, y cuando estés totalmente convencida de lo que he hecho
para tu tranquilidad, confío en que encontraré en tu alma lo que tengo derecho a
esperar.
Estos discursos me parecían tan oscuros que no sabía qué respuesta darles.
La daba, sin embargo, por si acaso, y tal vez con excesiva facilidad. ¿Tengo que
confesároslo? ¡Ay de mí, sí! Disimularos mis culpas sería engañar vuestra
confianza y responder mal al interés que mis desdichas os han inspirado. Sabed
pues, señora, la única falta voluntaria que puedo reprocharme... ¿Digo una falta?
Una locura, una extravagancia... como no hubo jamás otra, pero por lo menos no
es un crimen, es un simple error, que sólo me ha castigado a mí, y del que
parece que la mano justiciera del cielo se ha servido para sumirme en el abismo
que se abrió poco después bajo mis pasos. Cualesquiera que fueren los
indignos comportamientos que el conde de Bressac tuvo conmigo el primer día
que lo conocí, me había sido imposible verlo, sin embargo, sin sentirme atraída
hacia él por un invencible sentimiento de ternura que nada había podido vencer.
Pese a todas las reflexiones sobre su crueldad, sobre su alejamiento de las
mujeres, sobre la depravación de sus gustos, sobre las distancias morales que
nos separaban, nada del mundo conseguía apagar esta pasión naciente, y si el
conde me hubiera pedido mi vida, se la habría sacrificado mil veces. Estaba
lejos de sospechar mis sentimientos... Estaba lejos, el ingrato, de descubrir la
