Marqués de Sade Justine.pdf

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momentos de paz nacían fortuitamente para ella era sólo para hacerle más
amargos los de horror que debían seguirlos.
Apenas llegamos a París la señora de Bressac se apresuró a intervenir en mi
favor. El primer presidente quiso verme y escuchó con interés el relato de mis
infortunios; las calumnias de Du Harpin fueron reconocidas aunque en vano
quisieron castigarlo: Du Harpin, que había organizado un negocio de billetes
falsos con el que arruinaba a tres o cuatro familias, y ganaba él cerca de dos
millones, acababa de irse a Inglaterra. Respecto al incendio de las prisiones de
París, se convencieron de que, si bien yo me había aprovechado de este
acontecimiento, no había participado para nada en él, y mi caso fue sobreseído,
sin que los magistrados que se ocupaban de él creyeran tener que emplear más
formalidades, según me explicaron. No supe nada más y me contenté con lo que
me dijeron: no tardaréis en comprobar hasta qué punto me equivoqué.
Es fácil imaginar cómo semejantes favores me obligaban a la señora de
Bressac. Aunque no hubiera tenido conmigo, además, todo tipo de bondades,
¿cómo no iban a unirme semejantes acciones para siempre a una tan preciosa
protectora? Muy lejos, sin embargo, de la intención del conde encadenarme tan
íntimamente a su tía... Pero ha llegado el momento de describiros a ese
monstruo.
El señor de Bressac unía a los encantos de la juventud el más seductor de los
rostros; si su talle o sus facciones tenían algunos defectos, era porque se
parecían en exceso al desenfado y la blandura propia de las mujeres. Parecía
que prestándole los atributos de aquel sexo, la naturaleza le hubiera inspirado
también sus gustos... ¡Qué alma, sin embargo, rodeaba estos atractivos
femeninos! Aparecían en ella todos los vicios que caracterizan la de los
desalmados: jamás nadie llevó tan lejos la maldad, la venganza, la crueldad, el
ateísmo, el desenfreno, el menosprecio de todos los deberes, y principalmente
de aquellos con los que la naturaleza parece deleitarnos. Además de todas sus
culpas, el señor de Bressac contaba fundamentalmente con la de detestar a su
tía. La marquesa hacía cuanto podía por encaminar a su sobrino por los
