Marqués de Sade Justine.pdf

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conde; es posible que se paguen menos que las otras, pero se multiplican
mucho mas. En aquella casa había cincuenta mil escudos de renta, y todos
debían ser para el señor de Bressac. Jamas habían podido convencerle a hacer
algo; todo lo que le apartaba de su libertinaje le resultaba tan insoportable que
no podía aceptar la sujección. La marquesa habitaba aquella propiedad tres
meses al año, y pasaba el resto del tiempo en París; y los tres meses que exigía
que su sobrino estuviera con ella eran una especie de suplicio para un hombre
que aborrecía a su tía y que consideraba como perdidos todos los momentos
que pasaba alejado de una ciudad que significaba para él el centro de sus
placeres.
El joven conde me ordenó que contara a la marquesa las cosas que yo le
había relatado, y una vez hube terminado la señora de Bressac me dijo:
––Tu candor y tu ingenuidad no me permiten dudar de que dices la verdad. No
pediré más informaciones sobre ti que la de saber si eres realmente la hija del
hombre que me indicas. Si es así, yo he conocido a tu padre, y será para mí una
razón de más para interesarme por tu persona. En cuanto al caso de Du Harpin,
me encargo de resolverlo en dos visitas a casa del canciller, amigo mío desde
hace siglos. Es el hombre más íntegro que existe en el mundo; basta con
demostrarle tu inocencia para anular todo lo que se ha hecho en tu contra. Pero
piénsatelo bien, Thérèse. Todo lo que te prometo en este momento sólo es a
cambio de una conducta intachable; de modo que los efectos del agradecimiento
que exijo se volverán siempre en tu favor.
Me arrojé a los pies de la marquesa, le aseguré que quedaría satisfecha de mí;
me hizo levantar con bondad y me confió inmediatamente el puesto de segunda
camarera a su servicio.
Al cabo de tres días, llegaron las informaciones pedidas a París por la señora
de Bressac; eran tal como yo podía desear. La marquesa me elogió por no
haberla engañado, y todas las sombras de desgracias se desvanecieron
finalmente de mi espíritu para ser sustituidas únicamente por la esperanza de los
más dulces consuelos que cabía esperar. Sin embargo, no estaba escrito en el
cielo que la pobre Thérèse tuviera que ser feliz alguna vez, y si unos pocos
