Marqués de Sade Justine.pdf

Vista previa de texto
mortal. Los desalmados se divirtieron con esta posición, me contemplaban y
aplaudían.
––Ya basta ––dijo finalmente Bressac––, permito que por una vez le baste con
el miedo. Thérèse ––prosiguió mientras me desataba y ordenaba que me
vistiera––, sé discreta y síguenos: si quieres unirte a mí, no tendrás ocasión de
arrepentirte. Mi tía necesita una segunda doncella, voy a creerme tu relato y
presentarte a ella. Le responderé de tu conducta, pero si abusas de mis
bondades, si traicionas mi confianza, o no te sometes a mis propósitos, mira
estos cuatro árboles, Thérèse, fijate en el terreno que limitan, y que debía
servirte de sepulcro. Recuerda que este funesto lugar sólo está a una legua del
castillo donde te llevo y que, a la más ligera falta, volverás aquí al instante.
Olvido de inmediato mis desgracias, me arrojo a las rodillas del conde, le
prometo, entre lágrimas, un buen comportamiento, pero, tan insensible a mi
alegría como a mi dolor, Bressac añade:
––Vámonos, tu comportamiento hablará por ti, sólo de él dependerá tu suerte.
Nos vamos. Jasmín y su amo hablan en voz baja, yo los sigo humildemente sin
decir palabra. En algo menos de una hora llegamos al castillo de la señora
marquesa de Bressac, cuya magnificencia y multitud de lacayos me hacen
suponer que cualquier puesto que tenga en esta casa será, sin duda, más
ventajoso para mí que el de gobernanta del señor Du Harpin. Me hacen esperar
en una antecocina, donde Jasmín me ofrece amablemente cuanto puede
reconfortarme. El joven conde entra en los aposentos de su tía, la avisa, y él
mismo viene a buscarme media hora después para presentarme a la marquesa.
La señora de Bressac era una mujer de cuarenta y seis años, todavía muy
hermosa, y que me pareció honesta y sensible, aunque introdujera una cierta
severidad en sus normas y en su conversación. Viuda desde hacía dos años del
tío del joven conde, que se había casado con ella sin mayor fortuna que el bello
apellido que le daba, de ella dependían todos los bienes que podía esperar el
señor de Bressac, pues lo que había recibido de su padre apenas servía para
pagar sus placeres. La señora de Bressac le pasaba una pensión considerable,
pero aun así insuficiente: nada hay tan caro como las voluptuosidades del
