Marqués de Sade Justine.pdf

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sacrificaba en él, fue en favor del otro ídolo, y jamás ningún ataque tuvo el aire
de amenazarlo.
¡Qué largo se me hizo el tiempo! No me atrevía a moverme, por miedo a que
me descubrieran. Finalmente, los criminales actores de esta indecente esce na,
ahítos sin duda, se levantaron para volver al camino que debía conducirlos a su
casa cuando el amo se acerca al bosquecillo que me protege; mi gorro me
traiciona... Lo ve...
––Jasmín ––dice a su criado––, nos han descubierto... Una joven ha visto
nuestros secretos... Acércate, saquemos de ahí a esa buscona, y averigüemos
qué hace aquí.
Les
ahorré
la
molestia
de
sacarme
de
mi
refugio
abandonándolo
inmediatamente yo misma y, cayendo a sus pies, exclamé, extendiendo los
brazos hacia ellos:
––Oh, señores, dignaos a compadeceros de una desdichada cuya suerte es
más lamentable de lo que suponéis. Existen pocos reveses capaces de igualar
los míos; que la situación en que me habéis encontrado no os despierte ninguna
sospecha sobre mí. Es consecuencia de mi miseria, mucho más que de mis
errores. Lejos de aumentar los males que me abruman, dignaos a disminuirlos
facilitándome los medios de escapar de las calamidades que me persiguen.
El corazón del conde de Bressac (así se llamaba el joven), en cuyas manos
caí, con un gran fondo de maldad y de libertinaje en la mente, no estaba dotado
precisamente de una gran dosis de conmiseración. Por desgracia es muy común
ver cómo el libertinaje ahoga la piedad en el hombre y habitualmente sólo sirve
para endurecerlo: sea porque la mayor parte de sus extravíos necesita la apatía
del alma, sea porque la violenta sacudida que esta pasión imprime a la masa de
los nervios disminuye la fuerza de su acción, la verdad es que un libertino rara
vez es un hombre sensible. Pero a esta dureza, natural en la clase de personas
cuyo carácter esbozo, se unía además en el señor de Bressac una repugnancia
tan inveterada por nuestro sexo, un odio tan fuerte por todo lo que lo
caracterizaba, que era muy difícil que yo consiguiera introducir en su alma los
sentimientos con los que quería conmoverla.
