Marqués de Sade Justine.pdf

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respeto y ceso de quejarme; pero si aquí en la tierra sólo debo encontrar
abrojos, ¿será ofenderte, oh, mi soberano Maestro, suplicar que tu poder me
llame hacia ti, para rezarte sin turbación, para adorarte lejos de esos hombres
perversos que, ¡ay de mí!, sólo me han hecho conocer males, y cuyas manos
sanguinarias y pérfidas hunden a placer mis tristes días en el torrente de las
lágrimas y en el abismo de los dolores?
La oración es el más dulce consuelo del desdichado; se siente más fuerte
cuando ha cumplido con este deber. Me alzo llena de valor, recojo los harapos
que el malvado me ha dejado, y me introduzco en un bosquecillo para pasar la
noche con menos riesgo. La seguridad en que me hallaba, la satisfacción que
acababa de saborear acercándome a mi Dios, todo ello contribuyó a hacerme
reposar unas cuantas horas, y el sol ya estaba alto cuando mis ojos se volvieron
a abrir: el instante del despertar es espantoso para los infortunados; la imaginación, refrescada por las dulzuras del sueño, se ocupa con mucha mayor
rapidez y más lúgubremente de los males cuyo recuerdo le han hecho perder
unos instantes de un reposo engañoso.
«Bien», me dije entonces examinándome, «ies cierto, por tanto, que existen
criaturas humanas a las que la naturaleza rebaja a la misma condición que las
bestias feroces! Oculta en mi reducto, huyendo como ellas de los hombres, ¿qué
diferencia existe ahora entre ellas y yo? ¿Vale la pena nacer para una suerte tan
lastimera?...» Y mis lágrimas corrieron en abundancia mientras formulaba estas
tristes reflexiones; acababa de terminarlas cuando oigo un ruido a mi alrededor;
poco a poco, distingo a dos hombres. Presto atención:
––Ven, querido amigo ––dice uno de ellos––. Aquí estaremos a las mil
maravillas. La cruel y fatal presencia de una tía que aborrezco no me impedirá
saborear un momento contigo esos placeres que me resultan tan dulces.
Se acercan, se colocan tan enfrente de mí que ninguna de sus frases, ninguno
de sus movimientos, puede escapárseme, y veo... ¡Santo cielo, señora! ––dijo
Thérèse interrumpiéndose––, ¡cómo es posible que la suerte me haya colocado
siempre en situaciones tan críticas, que resulte tan difícil a la virtud escuchar su
relato como al pudor hacerlo! Aquel crimen horrible que ultraja tanto la
