Marqués de Sade Justine.pdf


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fieles, se transmutará inmediatamente en el fondo de sus entrañas en sus más
viles excrementos, y eso para la satisfacción de su tierno hijo, odioso inventor de
tan monstruosa impiedad, en una cena tabernaria. Pero como lo dijo, así tiene
que cumplirse. Dijo: «Este pan que veis será mi carne y como tal la comeréis.
Ahora bien, como yo soy Dios, os comeréis a Dios, con lo cual el Creador del
cielo y de la Tierra se convertirá, porque yo lo he dicho, en la materia más vil que
pueda desprenderse del cuerpo del hombre, y el hombre se comerá a Dios, porque Dios es bueno y es omnipotente». Aunque parezca imposible, estas
estupideces se propagan; se atribuye su extensión a su verdad, a su grandeza,
a su sublimidad, al poder de quien las introduce, mientras que las causas más
simples redoblan su fuerza, y el crédito adquirido por el error sólo encontró a
truhanes por una parte y a imbéciles por otra. Esta infame religión llega
finalmente al trono, y un emperador débil, cruel, ignorante y fanático
revistiéndola con el estandarte real, mancha con ella los dos extremos de la
Tierra. Sin embargo, Thérèse, ¿qué peso pueden tener estas razones para una
mente analítica y filosófica? ¿Puede ver el sabio otra cosa en este revoltijo de
fábulas espantosas que el fruto de la impostura de unos cuantos hombres y la
falsa credulidad de muchos más? Si Dios hubiera querido que tuviéramos alguna
religión, y fuera realmente poderoso, o, en otras palabras, si fuera realmente un
Dios, ¿nos hubiera participado sus órdenes a través de medios tan absurdos?,
¿nos hubiera mostrado cómo había que servirle a través de la voz de un
despreciable bandido? Si es supremo, si es poderoso, si es justo, si es bueno,
¿querrá ese Dios del que me hablas enseñarme a servirle y conocerle a través
de enigmas y de farsas? Motor soberano de los astros y del corazón de los
hombres, ¿no puede instruirnos sirviéndose de los primeros o convencernos
grabándose en el segundo? Que acuñe un día en trazos de fuego, en el centro
del Sol, la ley que puede complacerle y desee imponernos; al leerla y contemplarla a un tiempo, todos los hombres de un extremo al otro del universo,
serán culpables si entonces no la siguen. Pero indicar únicamente sus deseos
en un rincón ignorado de Asia; elegir como seguidor al pueblo más trapacero y
más visionario; por sustituto, al más vil artesano, al más absurdo y pillo;