Marqués de Sade Justine.pdf

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––Pues bien, Thérèse, he condenado mi tía a muerte... y pienso utilizar tu
mano para ello.
––¡Mi mano! ––exclamé retrocediendo horrorizada...¡Pero, señor!, ¿cómo
habéis podido concebir semejante proyecto?... No, no, disponed de mi vida si la
queréis, pero no imaginéis jamás que obtendréis de mí el horror que me
proponéis.
––Atiende, Thérèse ––me dijo el conde, tranquilizándome––, estaba seguro de
tu reticencia, pero como eres inteligente estoy convencido de poder vencerla, de
demostrarte que este crimen, que te parece tan enorme, sólo es en el fondo una
cosa muy sencilla.
»Dos desmanes se ofrecen aquí, Thérèse, a tus ojos poco filosóficos: la
destrucción de una criatura que se nos asemeja, y el mal que aumenta esta
destrucción, cuando esta criatura está próxima a nosotros. Respecto al crimen
de la destrucción de un semejante, tenlo por seguro, querida muchacha, es
puramente quimérico. El poder de destruir no se le ha concedido al hombre;
posee, como máximo, el de variar las formas, pero no el de aniquilarlas. Ahora
bien, cualquier forma es equivalente a los ojos de la naturaleza; nada se pierde
en el crisol inmenso donde se ejecutan esas variaciones. Todas las porciones de
materia que caen de él resurgen incesantemente bajo otras figuras y, sean
cuales fueren nuestros procedimientos sobre eso, ninguno la ultraja sin duda,
ninguno es capaz de ofenderla. Nuestras destrucciones reavivan su poder;
mantienen su energía, pero ninguna la atenúa, no es contrariada por ninguna.
¿Qué importa a su mano siempre creadora que esta masa de carne que
compone hoy un individuo bípedo se reproduzca mañana bajo la forma de mil
insectos diferentes? ¿Nos atreveremos a afirmar que la construcción de un
animal con dos pies le cuesta más que la de un gusanillo, y que siente por aquél
un mayor interés? Si, por consiguiente, el grado de adhesión, o más bien de
indiferencia, es el mismo, ¿qué puede importarle que la espada de un hombre
convierta a otro hombre en mosca o en hierba? Cuando me hayan convencido
de la sublimidad de nuestra especie, cuando me hayan demostrado que es tan
importante para la naturaleza que, necesariamente, sus leyes se irritan ante esta
