Freud Duelo y melancolía.pdf


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normal en la vida, nunca se nos ocurre considerarlo un estado patológico ni remitirlo al médico para su tratamiento.
Confiamos en que pasado cierto tiempo se lo superará, y
juzgamos inoportuno y aun dañino perturbarlo.
La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por
el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la
inhibición de toda productividad y una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema basta una delirante expectativa
de castigo. Este cuadro se aproxima a nuestra comprensión
si consideramos que el duelo muestra los mismos rasgos, excepto uno; falta en él la perturbación del sentimiento de
sí. Pero en todo lo demás es lo mismo. El duelo pesaroso,
la reacción frente a la pérdida de una persona amada, contiene idéntico talante dolido, la pérdida del interés por el
mundo exterior —en todo lo que no recuerde al muerto—,
la pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto
de amor —en remplazo, se diría, del llorado—, el extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no
tenga relación con la memoria del muerto. Fácilmente se
comprende que esta, inhibición y este angostamiento del yo
expresan una entrega incondicional al duelo que nada deja
para otros propósitos y otros intereses. En verdad, si esta
conducta no nos parece patológica, ello sólo se debe a que
sabemos explicarla muy bien.
Aprobaremos también la comparación que llama «dolido»
al talante del duelo. Es probable que su legitimidad nos parezca evidente cuando estemos en condiciones de caracterizar
económicamente al dolor.''
Ahora bien, ¿en qué consiste el trabajo que el duelo opera?
Creo que no es exagerado en absoluto imaginarlo del siguiente modo: El examen de realidad ha mostrado que el objeto
amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación
de quitar toda libido de sus enlaces con ese objeto. A ello
se opone una comprensible renuencia; universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. Esa renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por
vía de una psicosis alucinatoria de deseo.'' Lo normal es que
prevalezca el acatamiento a la realidad. Pero la orden que
esta imparte no puede cumplirse enseguida. Se ejecuta pieza
3 [Cf. «La represión» (1915¿), supra, pág. 142, n. 1.]
* Véase el artículo precedente [págs. 228-9].

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