Freud Duelo y melancolÃa.pdf

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describe a su yo como indigno, estéril y moralmente despreciable; se hace reproches, se denigra y espera repulsión
y castigo. Se humilla ante todos los demás y conmisera a
cada uno de sus familiares por tener lazos con una persona
tan indigna. No juzga que le ha sobrevenido una alteración,
sino que extiende su autocrítica al pasado; asevera que nunca fue mejor. El cuadro de este delirio de insignificancia
—predominantemente moral— se completa con el insomnio,
la repulsa del alimento y un desfallecimiento, en extremo
asombroso psicológicamente, de la pulsión que compele a
todos los seres vivos a aferrarse a la vida.
Tanto en lo científico como en lo terapéutico sería infructuoso tratar de oponérsele al enfermo que promueve contra
su yo tales querellas. Es que en algún sentido ha de tener
razón y ha de pintar algo que es como a él le parece. No
podemos menos que refrendar plenamente algunos de sus
asertos. Es en realidad todo lo falto de interés, todo lo incapaz de amor y de trabajo que él dice. Pero esto es, según
sabemos, secundario; es la consecuencia de ese trabajo interior que devora a su yo, un trabajo que desconocemos,
comparable al del duelo. También en algunas otras de sus
autoimputaciones nos parece que tiene razón y aun que
capta la verdad con más claridad que otros, no melancólicos.
Cuando en una autocrítica extremada se pinta como insignificantucho, egoísta, insincero, un hombre dependiente que
sólo se afanó en ocultar las debilidades de su condición, quizás en nuestro fuero interno nos parezca que se acerca bastante al conocimiento de sí mismo y sólo nos intrigue la razón por la cual uno tendría que enfermarse para alcanzar
una verdad así. Es que no hay duda; el que ha dado en
apreciarse de esa manera y lo manifiesta ante otros —una
apreciación que el príncipe Hamlet hizo de sí mismo y de
sus prójimos—^ ese está enfermo, ya diga la verdad o sea
más o menos injusto consigo mismo. Tampoco es difícil
notar que entre la medida de la autodenigración y su justificación real no hay, a juicio nuestro, correspondencia alguna. La mujer antes cabal, meritoria y penetrada de sus
deberes, no hablará, en la melancolía, mejor de sí misma
que otra en verdad inservible para todo, y aun quizá sea más
proclive a enfermar de melancolía que esta otra de quien
nada bueno sabríamos decir. Por último, tiene que resultarnos llamativo que el melancólico no se comporte en un
todo como alguien que hace contrición de arrepentimiento
^ «Dad a cada hombre el trato que se merece, y ¿quién se salvaría
de ser azotado?» (Hamlet, acto II, escena 2).
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