Freud Duelo y melancolía.pdf


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y de autorreproche. Le falta (o al menos no es notable en
él) la vergüenza en presencia de los otros, que sería la principal característica de este último estado. En el melancólico
podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante
franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo.
Lo esencial no es, entonces, que el melancólico tenga razón en su penosa rebaja de sí mismo, hasta donde esa crítica coincide con el juicio "de los otros. Más bien importa
que esté describiendo correctamente su situación psicológica. Ha perdido el respeto por sí mismo y tendrá buenas
razones para ello. Esto nos pone ante una contradicción
que nos depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo
la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido
una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge
una pérdida en su yo.
Antes de abordar esta contradicción, detengámonos un
momento en la mirada que esta afección, la melancolía,
nos ha permitido echar en la constitución íntima del yo
humano. Vemos que una parte del yo se contrapone a la otra,
la aprecia críticamente, la toma por objeto, digamos. Y todas nuestras ulteriores observaciones corroborarán la sospecha de que la instancia crítica escindida del yo en este caso
podría probar su autonomía también en otras situaciones.
Hallaremos en la realidad fundamento para separar esa instancia del resto del yo. Lo que aquí se nos da a conocer es
la instancia que usualmente se llama conciencia moral; junto
con la censura de la conciencia y con el examen de realidad
la contaremos entre las grandes instituciones del yo,^ y en
algún lugar hallaremos también las pruebas de que puede
enfermarse ella sola. El cuadro nosológico de la melancolía
destaca el desagrado moral con el propio yo por encima de
otras tachas: quebranto físico, fealdad, debilidad, inferioridad social, rara vez son objeto de esa apreciación que el
enfermo hace de sí mismo; sólo el empobrecimiento ocupa
un lugar privilegiado entre sus temores o aseveraciones.
Una observación nada difícil de obtener nos lleva ahora
a esclarecer la contradicción antes presentada [al final del
penúltimo párrafo]. Si con tenacidad se presta oídos a las
querellas que el paciente se dirige, llega un momento en
que no es posible sustraerse a la impresión de que las más
fuertes de ellas se adecúan muy poco a su propia persona
y muchas veces, con levísimas modificaciones, se ajustan a
otra persona a quien el enfermo ama, ha amado a amaría.
" rCf. «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños»
Í1917Í), supra, pág. 232.]

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