Freud Duelo y melancolía.pdf


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sultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este
sufrimiento una satisfacción sádica. Ese automartirio de la
melancolía, inequívocamente gozoso, importa, en un todo
como el fenómeno paralelo de la neurosis obsesiva, la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio ^* que
recaen sobre un objeto y por la vía indicada han experimentado una vuelta hacia la persona propia. En ambas afecciones suelen lograr los enfermos, por el rodeo de la autopunición, desquitarse de los objetos originarios y martirizar a
sus amores por intermedio de su condición de enfermos,
tras haberse entregado a la enfermedad a fin de no tener
que mostrarles su hostilidad directamente. Y por cierto, la
persona que provocó la perturbación afectiva del enfermo y
a la cual apunta su ponerse enfermo se hallará por lo común
en su ambiente más inmediato. Así, la investidura de amor
del melancólico en relación con su objeto ha experimentado
un destino doble; en una parte ha regresado a la identificación, pero, en otra parte, bajo la influencia del conflicto
de ambivalencia, fue trasladada hacia atrás, hacia la etapa del
sadismo más próxima a ese conflicto.
Sólo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación
al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y . . . peligrosa. Hemos individualizado como el estado
primordial del que parte la vida pulsional un amor tan enorme del yo por sí mismo, y en la angustia que sobreviene a
consecuencia de una amenaza a la vida vemos liberarse un
monto tan gigantesco de libido narcisista, que no entendemos
que ese yo pueda avenirse a su autodestrucción. Desde hace
mucho sabíamos que ningún neurótico registra propósitos de
suicidio que no vuelva sobre sí mismo a partir del impulso
de matar a otro, pero no comprendíamos el juego de fuerzas
por el cual un propósito así pueda ponerse en obra. Ahora el
análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de
objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es
permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae
sobre un objeto y subroga la reacción originaria del yo hacia
objetos del mundo exterior.^''' Así, en la regresión desde la
elección narcisista de objeto, este último fue por cierto cancelado, pero probó ser más poderoso que el yo mismo. En las
dos situaciones contrapuestas del enamoramiento más extrei'* Sobre la distinción entre ambas, véase mi artículo «Pulsiones
y destinos de pulsión» (1915c) [supra, pig. 133].
10 Cf. ibid, [supra, págs. 130-1],

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