256340485 Discos y Otras Pastas 60 Agosto2014.pdf

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“Con la Frente Marchita” es otra bella
canción que he tenido el privilegio de
escuchar ahora. Teniendo como motivo el
recuerdo de un amor por una joven
bonaerense, Sabina construyó un tema,
con
resonancias
tangueras,
cuya
evocación nostálgica atrapa y emociona; y
su interpretación en la primera noche de
esta gira dio lugar a un encendido
homenaje a Leonard Cohen por parte de
Pancho Varona. Su atuendo, con
sombrero incluido, trajo de inmediato a la
memoria una de las más conocidas
imágenes de Cohen: la de la portada del
disco que registra su concierto de 2008 en
Londres. Muy en caja, Pancho ejecutó una interpretación sobria,
grave, intensa, afín a la de su maestro, el creador de “Suzanne”.
Pancho cantó, como dice el Sabina, con la tristeza de todo lo
que se pierde. En el segundo concierto, hubo una variante,
Pancho Varona rindió homenaje a JJ Cale, con un rítmico y
ligero “Conductores Suicidas”.
Asúa a mandar a la estratósfera los
decibeles alcanzados por las cuerdas de
su guitarra rítmica. Cómo no sentir el
galope desbocado del corazón cuando
una y otra vez Sabina, apelando a los
acordes iniciales de “Princesa”, incita a
su banda a inundar el espacio sonoro
con las poderosas vibraciones de un
rock que, más allá de sus notas alegres
esconde el itinerario del desamor y el
fracaso.
Entre la dulzura y la tristeza, Sabina nos
acerca en cada interpretación hacia el
universo femenino al que tantas horas de su vida ha dedicado.
Antonio García de Diego, viejo cómplice de aventuras del
cantante, lo acompaña con su piano de notas melancólicas en
su derrotero evocador de aquellos tiempos transcurridos entre
flores de un día, damas de noche y aves de paso. “Una canción
para la Magdalena”, nos lleva también hacia las caderas de
leche y miel, de una Marita Barrios, anhelante y provocadora,
que luego terminaría de hechizarnos –en la segunda parte del
show- con su voz poderosa en “La Canción de las Noches
Perdidas”, “Penúltimo Tren” y el prólogo de “Y sin embargo”. Ya
sea con guitarra eléctrica o acústica, piano o armónica, Antonio
García de Diego es un maestro. Sabe qué notas pulsar para
acelerar nuestros corazones, para emocionarnos. Basta con
escuchar el riff de guitarra que interpreta en “A Mis Cuarenta y
Diez” para reafirmar todo lo bueno
que ya conocíamos de él a lo largo de
su carrera junto a Miguel Ríos,
Pancho Varona y el mismo Joaquín
Sabina. Un músico de estirpe. Todo
un placer verlo en el escenario al lado
de sus amigos, bromeando cómplice
en “Pero Qué Hermosas Eran”,
haciendo los coros en “Pastillas Para
No Soñar”, construyendo con las
notas de su guitarra la atmósfera
intimista de “Donde Habita el Olvido”
y cantando a pleno pulmón (con
olvido impune del Fito Páez de
Enemigos Íntimos), en “Si volvieran
los dragones”.
Los dos conciertos de Sabina en Lima han tenido sus
sorpresas. No esperábamos oír cantar a los miembros de su
banda. Pues lo hicieron, y lo hicieron muy bien, empezando
por Jaime Asúa y su incendiario rock and roll en “El Caso de
la Rubia Platino”. Definitivamente, se trata de una banda
muy sólida y firmemente asentada -por el talento, por el
derroche
amical,
por
las
admiraciones comunes- en el
universo
afectivo-musical
del
cantante. Bajo tales coordenadas al
Sabina le es fácil declarar su afecto
y admiración a quienes él
considera sus grandes influencias.
Sus guiños melómanos o literarios
y sus abiertos homenajes a todos
los que lo han ayudado a llegar al
lugar donde ahora está, encuentran
una natural complicidad en las
interpretaciones de sus músicos,
capaces de reinventar junto a él,
las tonadas dylanianas de “I shall
be released” (en la versión alterna de Arenas Movedizas) o,
como lo hizo en sus dos conciertos de ahora, de “It aín´t me,
Baby (No Soy Yo, Nena)”.
Si me dieran a elegir una canción del Sabina, optaría por
“De Purísima y Oro”. La España de la guerra civil queda
reflejada en cada verso de esta hermosa y melancólica
canción. En ella desfilan nombres, objetos, lugares y hechos
que acontecieron entre los años treinta y cuarenta en un
país en el que el sonido de las balas de la dictadura era
ocultado por la voz de una Celia Gámez inflamada de
nacionalismo y los escritos militantes de un José María
Pemán tradicionalista y conservador. El sensible toque de
mandolina de Antonio García de Diego y el bajo cómplice de
Pancho Varona acentúan el tono triste de una canción que,
particularmente, me conmueve y me subleva. “De Purísima y
Oro”, teniendo como motivo el
conflicto que desangró a España no
es ajena a la estructura y
concepción del disco y del
concierto. El paisaje que surge de
la composición del Sabina se nutre
también de los amores entre el gran
Manolete y la controvertida actriz
conocida
como
Lupe
Sino.
Dedicada a su gran amigo, el torero
José Tomás, “De Purísima y Oro”
es una de las canciones que
Sabina canta en estado de gracia.
Escuché decir a alguien que pronto habrá disco del Sabina.
No lo sé. Y si lo hubiera, no sé si pueda remontar la valla
elevada que supuso Vinagre y Rosas, el notable disco que
escribió al alimón con Benjamín Prado. No olvidemos que la
estabilidad emocional y el arraigo familiar nunca se han
llevado bien con la creatividad del artista. Pero, bueno, eso
es el futuro. El ahora, es un Sabina cuyas interpretaciones, a
despecho de un otoño ya presente, siguen siendo
apasionadas, generosas y sarcásticas. Lo suficiente como
para cantar con la misma intensidad de antaño: “A ti te
estoy hablando, a ti / que nunca
sigues mis consejos, / A ti te estoy
gritando, a ti / que estás metido
en mi pellejo / a ti que estás
llorando ahí, / al otro lado del
espejo, / a ti que no te debo / más
que el empujón que anoche / me
llevó a escribir esta canción /
Corre…dijo la tortuga…” Eh,
Sabina…que la tortuga siga
corriendo.
DIRECTOR: HENRY A. FLORES
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DISCOS Y OTRAS PASTAS
8
AGOSTO 2014
