APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf


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desfilaba por las calles de la rejuvenecida ciudad
afirmando sus ansias de libertad y de justicia.
Acobardado el Dictador, no se atrevió a ametrallar a la
multitud que no pensaba en las armas sino en los
comicios. ¡Ah, si hubiera habido un Desmoulins!
Durante unas cuantas horas, los esclavos, ebrios de
civismo, se creyeron libres; a las veinticuatro horas los
esbirros del Gobierno se encargaban de demostrar que el
inerme civismo es impotente para someter al
despotismo armado. He aquí lo que sucedía.

8

El diecisiete de mayo fue señalado por los empleados del
Gobierno para efectuar una manifestación a favor de la
reelección. Con bastante anticipación delegados de la
dictadura habían recorrido los pueblos del Distrito
Federal, comprometiendo a los hacendados a enviar a
sus peonadas a la Capital para que figurasen en la
comitiva, porque no se podía contar con el pueblo de
México, que decididamente se había afiliado a la
oposición. Por la fuerza se llevó a los peones a la Capital,
no se les dio de comer y desde muy temprano se les tuvo
en pie sin un trago de agua, sin un pedazo de pan,
custodiados por la policía para que no se desbandaran.
Los que sepan algo de México recordarán que los
obreros del campo –peones– son verdaderos esclavos.
Pues bien, esos esclavos y los lacayos de Porfirio Díaz,
eran los “ciudadanos” que “espontáneamente”–según
rezaban los periódicos porfiristas– iban a manifestar su

adhesión al Nerón de México. La Alameda fue el lugar
elegido para reunir este triste rebaño. Comenzó el
desfile, un verdadero desfile fúnebre. A la cabeza iban los
empleados del gobierno; los seguía la peonada. Todos
caminaban mirando al suelo como bestias cansadas
sobre cuyos lomos restalla el sol su fusta de lumbre. Al
verlos taciturnos y mudos, antojábase el desfile de unos
ajusticiados al camino del cadalso. Así deben haber
desfilado por las calles de Tenochtitlán, hacía el templo
Huitzilopochtli, los vencidos por el iracundo Ahuizotl.
La gente reía, en las aceras epigramas sangrientos
taladraban los oídos y hacían sangrar el corazón de
aquellos de los manifestantes que comprendían lo
ridículo de la farsa. Algunos querían huir, marcharse a
esconder su vergüenza y tal vez darle rienda suelta al
llanto; pero ahí estaban los gendarmes para evitar las
deserciones de los “espontáneos” manifestantes. Algún
estudiante tuvo la feliz ocurrencia de comprar grandes
cestos de pambazos –pan corriente– y una lluvia de
pambazos, como una lluvia de ignominia, azotó los
rostros, las espaldas y los pechos de los manifestantes en
medio de las risotadas y de la chacota del público. De los
balcones caían tortillas duras y desperdicios de cocina.
Entonces, provocando universal estupefacción se vio a
los peones encorvarse, recoger y llevar a la boca el pan
sin comprender el escarnio, sin darse cuenta de la burla
mortal que encerraba aquella lluvia alimenticia. ¡Los
miserables tenían hambre y la saciaban!