APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf


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saludo la palabra “ciudadano”. Los rostros mustios de las
masas apaleadas, ostentaban gestos audaces. Las frentes
marchitas se rejuvenecían al soplo de un viento heroico.
En los cuartos de los estudiantes se coreaba La
Marsellesa, mientras en las plazas y en las calles se podía
adivinar por las actitudes quien se soñaba Marat, quien
Robespierre, quien Saint Just5.

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Así se pasaron algunas semanas en una dulce embriaguez
revolucionaria. Un civismo era lo que iba a oponerse a un
Gobierno absoluto sostenido por cuarenta mil
bayonetas. Manos armadas de boletas electorales
pretendían disputar la victoria a las manos armadas de
fusiles. Por todas partes se ensalzaba el civismo como
una fuerza contra la cual son impotentes los cañones y
los fusiles de los tiranos. Por ese estilo se soñaba con un
candor
verdaderamente
infantil.
Los
clubes
antireeleccionistas de obreros y estudiantes, se
pensaban de ciudadanos ansiosos de escuchar el verbo
de Mirabeau6 y Danton7 trasplantados a México. ¡Ah, si
hubiera habido un Desmoulins8!
Los clubes organizaron una manifestación pública en
contra de la reelección y se señaló la mañana del 16 de
mayo para llevarla a cabo, siendo el lugar de ésta el Jardín
de San Fernando. Desde temprano se vio invadida por la
multitud la amplia plaza en cuyo ángulo se encuentra el
panteón donde reposan los restos de Guerrero, de
Zaragoza, de Juárez y otros hombres ilustres.

La multitud hablaba alto; se sentía la necesidad de hablar
alto después de tantos años de sepulcral silencio. El sol,
el bello sol mexicano derrochaba su luz y calor; los
rostros se volvían con frecuencia hacia el sitio donde
duermen los héroes, como para arrancar una esperanza
de vida donde reina la muerte. Una gran confianza y una
gran fe henchían los pechos. Los estandartes de los
gremios obreros y de las escuelas ilustraban el bello
conjunto con sus colores fuertes y alegres. Abajo, se
agitaban las cabezas de la muchedumbre acariciadas por
un soplo épico. Arriba se balanceaban los penachos de
los árboles al beso de la brisa de mayo.
La muchedumbre, puesta en orden, comenzó a desfilar.
De los balcones llovían flores. Todo México entusiasmado
asistía a presenciar la manifestación. Vivas a la libertad y
mueras a la tiranía brotaban de todas las gargantas. Los
estandartes brillaban al sol. Las bandas de música
emocionaban a la multitud con sus acordes heroicos. En
cada guardacantón, en cada carro, donde quiera que
hubiera algo que pudiera servir de tribuna, se
encontraba un orador, ora de levita, ora de blusa,
atildados unos, broncos los otros como la tempestad.
El cielo azul ardía en la gloria de su sol de mayo. Más de
quince mil personas formaban la enorme comitiva que
se dirigió al barrio populoso de la Merced. A su regreso
era un río humano de más de sesenta y cinco mil
personas. Lo más enérgico, lo más viril de México