APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf

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Surgieron los oradores entre el público. Era aquella una
indigna comedia que envileció la dignidad del hombre, y
el público reprobó la conducta del Gobierno que forzaba
a seres humanos embrutecidos por la ignorancia, el duro
trabajar y la miseria, a figurar como manifestantes
espontáneos en pro de la reelección. Las protestas
contra el despotismo atronaban el espacio y una lluvia de
esbirros cayó sobre los ciudadanos repartiendo golpes y
palabrotas. Comenzaba yo a dirigir al pueblo un discurso
de protesta contra la Dictadura cuando dos revólveres,
empuñados por manos crispadas tocaron mi pecho con
sus cañones, el gatillo levantado, pronto a caer al menor
movimiento que yo hiciera, truncando salvajemente mi
primer ensayo tribunicio. Rodeado de esbirros fui
conducido a la azotea del Palacio Municipal donde
encontré a una docena de camaradas de las escuelas que
también habían sido detenidos. Tenía yo entonces
diecisiete años de edad y cursaba el quinto año en la
Escuela Nacional Preparatoria. Mis camaradas me
informaron que también mi hermano Jesús había sido
arrestado y llevado, como otros muchos a una de las
Comisarías de Policía. El sol vaciaba lumbre sobre aquella
azotea. La sed nos producía fiebre; pero el malestar físico
era ahogado por nuestro entusiasmo. Soñábamos,
pensábamos en alta voz. No se nos ocultaba que
podíamos ser fusilados como tantos otros; pero éramos
jóvenes, éramos soñadores y el miedo no se atrevía a
llamar a nuestros corazones con sus dedos fríos.
Formidables policías de a caballo dejaron sus bestias en
el patio del edificio y subieron a vigilarnos. Nos decían
que en la noche nos “darían agua”. Los déspotas
mexicanos, por un eufemismo cruel cuando decretan la
muerte de alguien, dicen a los esbirros: “den su agua a
ése”. El cielo, irreprochable, brillaba intensamente. La
vieja y maciza Catedral proyectaba en la bóveda de añil
sus regios contornos. A lo lejos el Popocatépetl y el
Iztaccíhuatl levantaban sus nieves al cielo, como para
evitar que lo manchasen los crímenes de los hombres.
Algo como el bramido del mar sacudió nuestros cuerpos
haciendo volar nuestros sueños y alejarse como
mariposillas blancas. Era el pueblo que rugía.
En aquella época éramos los estudiantes los ídolos del
pueblo. Sin ponernos de acuerdo, todos tuvimos el
mismo pensamiento: correr al borde de la azotea para
ver lo que ocurría. El espectáculo era imponente. La
extensa plaza era un mar humano. La noticia del arresto
de los estudiantes y su probable muerte a las altas horas
de la noche, conmovió a todos como una corriente
eléctrica. El pueblo corría a salvarnos sin más armas que
sus puños firmes, al descubierto el pecho generoso.
Rápidos como el rayo caían los sables sobre aquel mar de
carne. La confusión era espantosa. La multitud, inerme
se desbandó. Brazos musculosos nos arrastraron casi a
un oscuro desván donde se nos amontonó como fardos
de maíz. En la noche escuchamos otra vez el rugido del
pueblo que llegaba apagado hasta nuestro encierro. La
multitud dispersada por la mañana se había armado de
