APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf


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cuchillo, de palos, de piedras y volvía en la noche para
rescatarnos. Oímos el rodar de los cañones listos para
ametrallar al pueblo. Las caballerías, sable en mano,
recorrían a galope las barriadas levantiscas del cuartel de
la ciudad donde estaban las escuelas. Se despejó de
ciudadanos la Plaza de la Constitución y en sus salidas
fueron colocadas piezas de artillería. El pueblo mataba a
puñaladas a los gendarmes. Los soldados cargaban a la
bayoneta o al sable sobre las multitudes dispersándolas;
pero éstas se rehacían y otra vez la sangre de los
oprimidos y de los agentes de los opresores rubricaba el
asfalto de las calles.

10

No se nos “dio nuestra agua” esa noche. La protesta del
pueblo nos había salvado haciendo comprender al
Dictador que no se toleraría un atentado contra
nosotros. En cambio, se nos martirizó. No se nos dio ni
un sarape ni un petate y teníamos que satisfacer
nuestras necesidades corporales en el mismo negro
desván donde se nos amontonó. Al siguiente día, como a
la una de la tarde fuimos sacados sigilosamente por una
puerta no frecuentada, se nos hizo subir de dos en dos a
unos carruajes cerrados que nos esperaban, y con las
bocas de las armas puestas sobre nuestros pechos
llegábamos a la prisión de Belén. Nunca había visto por
dentro esa horrible cárcel que en años posteriores me
fue tan familiar. Después de caminar por oscuros
pasadizos y de subir y bajar mugrientas escaleras nos
encontramos en un largo salón cuyo techo tocábamos

con las manos. Triste luz crepuscular hacía más horrendo
aquel antro fétido, húmedo, negro. Apoyé mis manos en
la pared y las retiré asombrado: esputos sanguinolentos
decoraban las paredes. Se nos había encerrado en el
departamento donde se hacinan a los mendigos que
infestan la ciudad. Había ahí leprosos, tísicos, sarnosos,
cojos, mancos, tuertos, ciegos, sordos, mudos,
paralíticos, llagados, sifilíticos, jorobados, idiotas, un
espantoso depósito de carne enferma que chorreaba pus
y mugre. Los tuberculosos tosían. Las moscas zumbaban.
Un vapor espeso y fétido mareaba a los más fuertes. Los
nervios se aflojaban en aquella antesala de la muerte.
Cansada la vista de la presencia de una corcova,
tropezaba con una llaga para no ver el rostro violáceo de
un tísico; se le daba la espalda pero había que ver
entonces la podredumbre de un sifilítico o los ojos
purulentos de un ciego, o la torturante fisonomía de un
idiota. La carne fermentaba a nuestra vista, se
disgregaba, se convertía en agua sanguinolenta. Se
pudría antes de llegar al cementerio y en vida todavía de
sus dueños. Yo envidiaba a los ciegos, siquiera no veían
tanta miseria. Un ambiente de sepulcro envenenaba la
sangre. Los alacranes chirriaban en las resquebrajaduras
del techo. Nadie hablaba; las arañas repasaban sus
viviendas en los rincones, mientras las manos de los
hombres rascaban su sarna o perseguían entre sus
hilachos las pulgas, los piojos y las chinches, que por
millonadas se nutrían de aquellas carnes. En la noche se
nos condujo al departamento de detenidos. Era pesada