APUNTES 5. Noviembre 2013.pdf


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la pezuña del caballo de Atila. La prensa de oposición
había sido exterminada. Las oficinas de los periódicos
habían sido invadidas por las fuerzas del gobierno y
algunas de ellas, como la de El Republicano2 había sido
teatro de espeluznantes hecatombes. En El Republicano
habían sido destruidos los muebles, regado en el suelo el
tipo de imprenta, quebradas las prensas y sacrificados los
cajistas sobres esas ruinas.

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Antes de la primavera de 1892 nadie hablaba. Los labios,
mudos, se apretaban, para impedir que se escaparan las
protestas que ya no cabían en los pechos. En las sombras
aguzaban sus oídos los espías, y una frase, una palabra o
una sílaba sospechosa de subversión, ameritaba la
muerte y la tortura en las tinieblas de los calabozos.
Silenciar el crimen, era una virtud; apologizarlo, era una
virtud más alta que se premiaba generosamente. Los
hombres de nivel moral más bajo, ocupaban en el
Gobierno los puestos más altos. Los pechos más viles
desaparecían bajo el brillo de las condecoraciones e
insignias de todas clases. Para ser general, ministro, juez,
gobernador y diputado, eran cualidades despreciables el
valor, la pericia, el talento, la sabiduría, el carácter: lo
indispensable era tener una esposa bella o en último
caso, un espinazo de bambú.
Rotas a sablazos las alas de la fuerza moral, para subir
era preciso arrastrarse. Las escuelas, regidas por
reglamentos de cuartel, surtían a la patria de eunucos en

lugar de ciudadanos. La presencia de un juez, o de un
gendarme, se hizo más inquietante que el encuentro con
un bandido. El turíbulo sustituyó a la pluma. La justicia
quebró su espada y se cubrió con el manto de Mesalina.
El Derecho era una incógnita irresoluble. Condensada la
Jurisprudencia en el sable de Porfirio Díaz, los códigos
fueron entregados a polilla en el polvo de las bibliotecas.
La tiranía política debilitaba el carácter; la tiranía del
hombre consumía los cuerpos. Si un hambriento robaba
una mazorca de maíz se le fusilaba. Si un funcionario de
vientre redondo se adjudicaba las rentas públicas, se le
declaraba benemérito de un Estado cualquiera o de la
Patria. El robo ratero se premiaba con la horca; el robo
en grande escala se premiaba con medallas y cintajos.
Tal era la situación en aquella época; tal es la situación
en nuestros días. Era, pues, extraña la agitación que se
notaba en la ciudad de México al comenzar la primavera
de 1892. En las calles se repartían volantes anunciando
mítines de estudiantes y obreros para oponerse a la
reelección de Porfirio Díaz3. Los tres o cuatro periódicos
de oposición que habían logrado vivir, gracias a que
adoptaron una actitud ambigua, animados por la
excitación popular acentuaron en sus artículos un sabor
marcadamente oposicionista. Ahogado en miedo, el
rebaño humano se soñó realmente pueblo. Las personas
que sabían leer se empaparon en los episodios de la
Revolución Francesa. Se hizo de buen gusto adoptar
modales de sansculotte4 y no pocos agregaban a su