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ROBERTO GARCÍA DE MESA

simple y dolorido, pero esta vez me abstuve de todo comentario. Dejé de ver,
por último, a M. Lugné Poe. Los anuncios del estreno de Tic-tac fueron
borrándose poco a poco, según iban llegando las olas de sucesivas
novedades. El último anuncio que desapareció fue aquel cartel amarillo de la
esquina del «Terminus». «Terminus». La palabra era una invitación al
regreso. Cogí un barco y me volví a Canarias, donde al poco tiempo me
esperaba el dolor más grande de mi vida. Tic-tac cayó en un profundo olvido.
En Las Palmas pasé todo el año 1929 [...]. [De la Torre, 1950: 8-11].

Por otra parte, y muy relacionada con el fragmento anterior, se
encuentra la citada conferencia «El autor ante el espejo». En ella, el propio
Claudio realiza, en primer lugar, un homenaje al legado cultural de su
familia, y, luego, va describiendo su trayectoria literaria, teatral,
cinematográfica hasta el momento, en un tono intimista y confesional. Pero,
en una parte del mismo texto, como se podrá ver, también describe la
historia de la representación de Tic-tac, sin citar, esta vez, el año del intento
de estreno en París y, por supuesto, sin nombrar sus puestas en escena en las
Islas Canarias, al igual que en el «Prólogo». También, mantiene la idea del
año 1925 como fecha de finalización de la obra, tal y como señala en 1950.
Pese a ello, relata algunas cuestiones nuevas, que no se conocían hasta
ahora, como su primer encuentro con la actriz Genoveva Vix, o con mayor
detalle algunas de las diferencias entre el modo de ver la puesta en escena
Claudio de la Torre y Lugné Poe, así como la razón por la que abandonó
temporalmente el teatro y volvió a retomarlo más adelante. En cualquier
caso, este fragmento sirve para completar la información anterior. A
continuación, es reproducida la parte de dicho texto correspondiente a Tictac:
[...] En 1925 había yo escrito Tic-tac, obra en la que había puesto todos mis
entusiasmos juveniles. No conseguía, sin embargo, encender el entusiasmo
ajeno en las numerosas lecturas que hice a todo oyente que quiso escucharme
durante cuatro largos años. Actor hubo, como Santiago Artigas, que retuvo la
obra durante meses, sin decidirse al estreno. En general, encontraban que era
una obra «rara», un tanto incomprensible, fuera de los gustos del público
habitual de los teatros. Desesperado, y en un arranque también juvenil, envié
una copia de Tic-tac a M. Lugné Poe, director del teatro «L’OEUVRE», de
París. Al cabo de algún tiempo recibí la mayor sorpresa y la primera alegría
en la desventurada historia de Tic-tac. La obra había sido traducida al francés

Anagnórisis

Número 10, diciembre de 2014
B-16254-2011 ISSN 2013-6986