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«NUEVAS CONSIDERACIONES SOBRE LOS INTENTOS DE REPRESENTACIÓN DE TIC-TAC,
DE CLAUDIO DE LA TORRE EN PARÍS: LOS BOCETOS INÉDITOS DE SALVADOR DALÍ
Y OTRAS COSAS »

y aceptada por Lugné Poe para su estreno. Los ensayos iban a empezar. No
lo dudé un momento. Cogí el primer tren y me fui a París. Allí, en París, me
esperaba una nueva emoción. Por los alrededores del teatro, en las calles
vecinas, lucían unos carteles amarillos con grandes letras negras que decían:
«TIC-TAC, PRÓXIMO ESTRENO DEL TEATRO L’OEUVRE». M. Lugné
Poe me recibió en el teatro, en su despacho de director, habitación muy
pequeña, desordenada y llena de recuerdos. Me producía una cierta inquietud
ver la altísima figura del director moviéndose en espacio tan reducido.
Hablamos del reparto de la obra. Pero aquí he de interrumpir mi relato para
intercalar una anécdota. Dejemos, pues a París por unos instantes para
trasladarnos a Sevilla. En una primavera lejana, siendo yo estudiante de
Derecho en la Universidad Hispalense, asistí una noche a una función de
ópera en la que cantaba una famosísima diva de aquellos tiempos: Genoveva
Vix. Había ido al teatro en compañía de mi primo Néstor, el pintor canario, y
de ese amigo inseparable de todo forastero en Sevilla, que se llamaba Juan
Lafita. Al acabar la función nos fuimos los tres al «Pasaje de Oriente», lugar
entonces preferido por la sociedad sevillana. Terminaban de servirnos
nuestras respectivas consumiciones cuando entró en el local la propia
Genoveva Vix, acompañada de su marido, según creo recordar. Néstor y
Lafita, amigos de la diva, me presentaron al matrimonio. La señora Vix me
distinguió aquella noche con sus frecuentes bromas. Yo era entonces muy
joven y no sé hasta qué punto supe apreciar su ingenio. La juventud ha sido
siempre una edad difícil. Durante toda la velada, la Sra. Vix no cesó de
repetir frases como esta: «A estas horas los niños deberían estar en la cama, y
no entre personas mayores que consumen bebidas alcohólicas», etc. Pasaron
bastantes años. Hemos de volver ahora a París, al despacho del Sr. Lugné
Poe. Como decía, hablábamos del reparto de Tic-tac. Para el papel de La
Madre, mujer de avanzada edad, agotada por los años y los sufrimientos,
Lugné había pensado en Genoveva Vix, retirada ya del canto, dueña de una
«boutique» en Biarritz, pero dispuesta siempre a volver a pisar la escena
como actriz dramática. Reconstruí rápidamente nuestro encuentro en Sevilla
y sentí una especie de ternura dolorosa al evocarlo. Yo era entonces un niño,
según me dijo, y ella era en cambio una mujer. El tiempo había pasado para
los dos. De otras entrevistas con el director de «L’OEUVRE» salí un tanto
descorazonado. Lugné me trataba a distancia, desde lo alto de su gloriosa
ancianidad. Supe después que, en principio, le molestaba que los autores
opinasen sobre sus obras, reservándose él, como director, la facultad de
juzgarlas. Esto tenía una cierta justificación. Lugné Poe había sido el
introductor brillantísimo del teatro de Ibsen en París, y la crítica,
unánimemente, lo proclamó el mejor director escénico de Francia. Lugné
vivía, por lo tanto, de una renta ilustre, y esto debió hacerle pensar que él
nunca podría equivocarse. Una tarde me habló del montaje que había
concebido para algunas escenas de mi obra, especialmente para el cuadro
tercero. Este es el cuadro de la muerte del Hijo, un suicida precoz, al que
acompañan el Hombrecito, su destino, y tres muchachas imaginarias que
encarnan los últimos pensamientos del suicida. Para estas tres muchachas
Lugné se proponía montar una especie de «ballet» en continuo movimiento.
No pude contenerme y le hice mis reparos de autor. Precisamente, por
tratarse de personajes imaginarios, yo les dotaba de un diálogo realista,
coloquial, en busca de un contraste que a mí me parecía de buen efecto. No

Anagnórisis

Número 10, diciembre de 2014
B-16254-2011 ISSN 2013-6986