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«NUEVAS CONSIDERACIONES SOBRE LOS INTENTOS DE REPRESENTACIÓN DE TIC-TAC,
DE CLAUDIO DE LA TORRE EN PARÍS: LOS BOCETOS INÉDITOS DE SALVADOR DALÍ
Y OTRAS COSAS »

también un pequeño mundo cargado de ilusiones–, anunciaba igualmente, en
papeles de colores, la inminencia del estreno. Conocí personalmente a M.
Lugné Poe en el primer almuerzo que hice a París, encuentro preparado por
Luis Doreste, ese hombre exquisito que animaba entonces nuestra Embajada
en París con una cortesía y una cordialidad ejemplares. Como tantos han
olvidado los favores que de él recibieron, me complace mucho traer aquí su
nombre para que no me cuente en la lista de los ingratos. Mi primera larga
conversación con M. Poe fue, sin embargo, en el teatro, en un despacho de
increíbles dimensiones, en el que apenas cabían nuestros cuerpos sentados en
dos sillas. No dejaba por eso de impresionarme el pensar que me encontraba
en un rincón tan importante para la historia del teatro en París, ya que allí
mismo, en aquel aparente desorden de la dirección de «L’Oeuvre», el propio
Lugné Poe que tenía ante los ojos había planeado un día, hacia finales del
pasado siglo, la invasión de la Europa occidental por los ardorosos
personajes del teatro de Ibsen, que fue él el primero en representar. Pero
sospecho que todo esto debí de pensarlo luego, pues durante la entrevista no
me preocupaba tanto el pasado glorioso como el porvenir que empezaba a
sonreírme. M. Poe, en líneas generales, me expuso su criterio sobre el
montaje de la obra. Daba gran importancia a su realización plástica, a su
visualidad, dentro de la sobriedad expresiva que él cultivaba en su teatro, en
parte obligado por las reducidas dimensiones del escenario. En cuanto al
movimiento escénico, entendía que los personajes, sobre todo los de
condición irreal, debían mantener con sus gestos y actitudes un nivel de
fantasía que subrayase su naturaleza extraterrena. En algún cuadro, como en
el III, hacía intervenir incluso un movimiento coreográfico que convertía a
las tres muchachas, principalmente, en figuras de ballet. Yo le oía un tanto
desconcertado. Era aún demasiado joven para comprender que la opinión de
un director de escena extranjero, sobre todo de la talla de Lugné Poe, había
que respetarla y acatarla en silencio. Me permití, pues, imprudentemente,
exponerle mis puntos de vista sobre una obra que, hasta el momento,
consideraba mía. Equivocado o no –que mucho me temo que sí lo estaba, por
lo que sucedió después–, yo creía por el contrario que poco margen dejaba
Tic-tac para una exhibición coreográfica. En su diálogo realista, directo, en
boca precisamente de personajes ideales, es donde yo buscaba que radicase la
fuerza sugeridora de mi comedia. Esta, por lo demás, no pretendía otra cosa
que retratar, con verdades y fantasías, ese trozo angustioso de la vida, duro y
simple, donde se rompen los sueños. Todo lo que fuera restarle realismo,
incluso costumbrismo, era quitarle esa emoción de lo cotidiano, que por lo
menos contribuía a su gracia. Quedaba más al fondo de la comedia el
problema de la juventud y sus sueños –importantísimo para mí en aquellos
años–, que no admitía un trato de ballet, salvo que yo renunciara a mis más
arraigadas convicciones. No hay que olvidar que todo esto ocurría en 1928.
Lo que se llamó en España «la joven literatura», era, literariamente, de una
honestidad ejemplar. Nuestra entrevista fue larga, lenta y penosa. Al
despedirme, la recia figura de M. Lugné Poe, con su rostro rasurado y el alto
cuello que lo enmarcaba, representaba para mí la más severa condenación de
mi conducta. Nos vimos pocas veces más. Los ensayos habían tenido que
suspenderse, según me dijo, por el viaje de uno de los actores a Bruselas.
Pensaba también hacer un cambio en el reparto, ofreciendo a Genoveva Vix
el papel de la Madre. No veía yo a la ilustre y bella cantante en un papel tan

Anagnórisis

Número 10, diciembre de 2014
B-16254-2011 ISSN 2013-6986