ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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-¿Qué?
-Más tarde fui reconocido por mi padre y legitimado. Juramos dedicar nuestras vidas a descubrir al
Destripador. Mi padre fue el primero en encontrar el rastro. Murió en Hollywood en 1926. Dijeron
que había sido apuñalado por un agresor desconocido en una riña. Pero yo sé quién fue el agresor.
»De modo que pasé a ocupar el puesto de mi padre. ¿Lo comprende ahora, John? Y no me daré por
vencido hasta que le encuentre y le mate con mis propias manos.
»Él asesinó a mi madre y a centenares de personas para prolongar su propia existencia. Como un
vampiro, se alimenta de sangre. Es astuto, diabólicamente astuto. ¡Pero no descansaré hasta
encontrarle!
Entonces le creí. No estaba fanfarroneando. No era ya un borracho charlatán. Era un fanático
implacable, tan fanático y tan implacable como el propio Destripador.
Mañana estaría sobrio. Continuaría sus investigaciones. Quizá se decidiera a seguir mi consejo y
entregaría al F.B.I. los documentos y las pruebas que poseía. Más pronto o más tarde, con su
implacable determinación -y con el motivo que le impulsaba- alcanzaría el éxito.
Desde el primer momento me había dado cuenta de que detrás de su actitud y de su obstinación, se
ocultaba un poderoso motivo personal.
-Vámonos de aquí -dije, tirando de su brazo.
-Espere un momento -dijo Sir Guy Hollis-. Devuélvame mi revólver. -Se tambaleó ligeramente-. Me
sentiré más tranquilo si llevo el revólver encima.
Me empujó hacia las oscuras sombras de un lóbrego soportal. Traté de disuadirle, pero no dio su
brazo a torcer.
-Devuélvame el revólver, John -repitió.
-De acuerdo -dije.
Introduje la mano en un bolsillo de mi americana, volví a sacarla.
Sir Guy Hollis clavó en mi rostro unos ojos abiertos por el asombro.
-Pero... eso no es un revólver -protestó-. Eso es un cuchillo.
-Lo sé.
Le cogí por las solapas de la americana y me incliné rápidamente sobre él.
-¡John! -gritó.
-Deje de llamarme John -susurré, alzando el cuchillo-. Llámeme... Jack.
LOS ESCARABAJOS
Cuando Hartley regresó de Egipto, sus amigos lo encontraron muy cambiado, pero resultó difícil
definir la naturaleza del cambio, por la sencilla razón de que ninguna de sus relaciones tuvo tiempo
suficiente para examinarle a fondo, ya que sólo apareció en una sola ocasión por su club, antes de
recluirse en su domicilio, como si no quisiera tratos con sus antiguas amistades. A pesar de las
apariencias, la actitud de Hartley no tenía nada de hostil, sino que más bien parecía insociable; pero
sus amigos y conocidos, molestos porque se excusaba continuamente y se negaba a recibirles,
optaron por dejarle de lado.
Todos los que habían conocido a Arthur Hartley en los tiempos anteriores a su expedición a Egipto
se sentían intrigados por la notable transformación operada en su forma de ser, ya que Hartley,
aparte su reconocida solvencia en cuestiones arqueológicas, era también un hombre afable y con
mucho sentido del humor. Por lo demás, sus relaciones le apreciaban, entre otros motivos, porque
no obstante su indudable erudición sobre asuntos referentes a su carrera, jamás hacía gala de sus
conocimientos ni los sacaba inoportunamente a colación, sino que, antes al contrario, ridiculizaba la
pedantería de algunos de sus colegas, pero siempre de modo amigable, como corresponde a un
perfecto caballero.
Calcúlese, por tanto, la sorpresa de todos sus amigos, al verle tan distinto a como había sido. Lo