ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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en aquel momento cerraba la entrada como si temiera que...
Eché un vistazo a mi alrededor, sin saber qué era lo que podría interesarme, a fin de descubrir el
origen de aquel misterio. No vi nada de particular. El mismo mobiliario de siempre, los mismos
cuadros en las paredes, las estanterías repletas de libros...
Hartley había entrado en el dormitorio para dejar allí su abrigo. Al volver a la sala adonde me había
invitado a pasar, fue hasta la chimenea y encendió una cerilla ante una estatuilla de bronce que
representaba al dios egipcio Horus, el dios del día, que tenía cabeza de halcón. Inmediatamente se
levó una nubecilla de humo gris, mientras que un intenso perfume a incienso se expendía por toda la
habitación.
—Es para que se disipe el olor —dijo mi amigo.
No le pregunté «qué olor», ni tampoco empecé a interrogarle acerca de su viaje, ni sobre las causas
que le indujeron a no contestarme cuando le escribí a Kartum, ni por lo tocante a su incomprensible
renuencia a hablar con los amigos desde su llegada de Egipto. En cierta forma, me sentía como un
detective que anda a la caza de indicios, o quizá debiera decir como un psiquiatra que trata de
averiguar las tendencias psiconeuróticas de un paciente.
Al principio nuestra conversación versó sobre temas triviales. Luego, Hartley me dijo que había
renunciado a su profesión y que era posible que tuviese que marcharse muy pronto de la ciudad,
para volver con su familia, que residía en el campo. Había estado enfermo, se sentía defraudado por
las limitaciones que presentaba la egiptología, no le gustaba la oscuridad... la plaga de langosta
había aumentado en Kansas...
Aquellas divagaciones indicaban, a las claras, un desequilibrio mental. Resultaba obvio que el pobre
Hartley estaba trastornado. Las «limitaciones» de la egiptología. «Detesto la oscuridad.» «La
langosta que está asolando los campos de Kansas»... No obstante, me abstuve de hacer comentarios.
Encendió una serie de velas situadas en distintos puntos de la habitación, para volver a sentarse
frente a mí, fija la vista en el suelo, cual si estuviera luchando consigo mismo, a fin de resistir el
impulso de franquearse conmigo... Pero el impulso fue más fuerte que su voluntad.
—Tú eres amigo mío, ¿verdad?
Más bien que una pregunta, era una afirmación. Asentí en silencio, y prosiguió:
—Sí. Tú eres un amigo. Por eso voy a decirte... ¿Sabes lo que hay en ese bulto que traía de la calle?
—No.
—Insecticida. Nada más que eso, un vulgar líquido insecticida.
En tono más animado, siguió diciendo:
—No había salido de esta casa desde hacía una semana. No... no quería propagar esa plaga. Porque
me siguen, ¿sabes? Por
todas partes. Y hoy pensé que podría utilizar insecticida, y fui a comprarlo. Un producto líquido,
más mortífero que el arsénico. Ya lo ves, un procedimiento de lo más elemental, pero su misma
sencillez puede contrarrestar a las fuerzas del mal.
Asentí otra vez, como un tonto que no entiende ni jota, pero quiere demostrar que está al corriente