ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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único que se sabía era que había pasado ocho meses de estudio e investigaciones en el Sudán, y que
a su regreso había interrumpido todo contacto con el instituto científico al que pertenecía. En cuanto
a lo que podía haberle sucedido durante aquel viaje, nadie estaba en condiciones de suministrar una
opinión aceptable, pero era indudable que algo extraño debía de haberle ocurrido. Prueba de ello fue
la breve visita que efectuó a nuestro club.
Hartley era, o mejor dicho, había sido un joven de elevada estatura y buena presencia, cuyo carácter
dinámico se revelaba siempre en cualquier circunstancia, en sus modales, en su modo de hablar y
moverse y hasta en la forma de entrar en una estancia. Pues bien, aquella vez, Hartley había entrado
en el salón del club de modo muy discreto, en silencio, despaciosamente, sin que ninguno de los que
allí estábamos advirtiésemos su llegada. Sí; iba vestido de etiqueta, como de costumbre, pero la
chaqueta le caía flojamente de los hombros, sus cabellos mostraban bastantes canas y su tez, pese al
bronceado adquirido bajo los soles de África, no lograba disimular el aspecto enfermizo de aquel
rostro, que normalmente nos habría saludado con afectuosa sonrisa.
Sin dirigirnos ni un gesto de reconocimiento, se sentó solo, en una mesa aparte. Como era lógico,
todos los que le conocíamos nos apresuramos a acercarnos a él para darle nuestra efusiva
bienvenida, pero no nos invitó a que nos sentáramos junto a su mesa. Con extraña reacción, ninguno
de nosotros insistió en acompañarle. Tras unas frases de saludo, volvimos a nuestros sitios y,
naturalmente, empezamos a formular comentarios sobre tan singular proceder. Algunos de los
presentes aventuraron el parecer de que el recién llegado debía haber contraído una enfermedad
tropical en Egipto, y que por eso se hallaba tan decaído. Pero no creo que estuviesen completamente
convencidos de lo que decían. Lo único cierto era que Arthur Hartley parecía un extraño, un hombre
al que acabábamos de ver por vez primera, que había hablado con trémula vocecilla al contestar a
las preguntas que se le dirigieron y que daba la impresión de no reconocer a los que le saludaban.
Porque, ¿qué otra cosa puede decirse de un antiguo amigo que nos mira inexpresivamente cuando le
hablamos y cuyos ojos revelan cierto atisbo de miedo?
Esto era lo más intrigante de la actitud de Hartley, porque no cabía duda de que se sentía
atemorizado. Y su miedo se notaba en sus furtivas miradas, en el temblor de su voz, en su aire
medroso, propio de un ser perseguido. Cuando me informaron acerca de esto último, decidí ir a
verle a su casa, de donde no salía en ningún momento. Según datos aportados por amigos comunes,
todo parecía indicar que había desconectado su teléfono. Por eso adopté el propósito de visitarle
cuanto antes, y no sólo por mi condición de amigo suyo, sino espoleado, también, por la curiosidad.
Nadie contestó a mi llamada, tras haber apretado el botón del timbre por espacio de más de un
minuto. Como la puerta de la calle estaba entornada, la empujé y pasé al vestíbulo, donde me sentía
asaltado por súbita aprensión. En efecto, el silencio que reinaba en toda la casa me indujo a pensar
en la posibilidad de un suicidio, pero inmediatamente rechacé tal idea por considerarla absurda, a
pesar de los informes recibidos sobre la inquietante actitud de Hartley. Al cabo de un rato, y más
como simple rutina que con esperanzas de obtener positivos resultados, subí a tocar el timbre de la
puerta del departamento. Luego, con un encogimiento de hombros, bajé por la escalera, y al
atravesar el penumbroso vestíbulo...
Confieso que me llevé una sorpresa al tropezarme allí con Hartley. Acababa de entrar procedente de
la calle y llevaba un paquete en la mano, semioculto por su amplio y raído abrigo. También se
sorprendió él cuando oyó que le saludaba y le llamaba por su nombre, pero una vez repuesto de la
impresión, me invitó a subir a su piso. Sin decir nada, le acompañé escaleras arriba. Abrió la puerta
con su llavín, para cerrarla seguidamente y atrancarla con doble cerrojo, precaución que no pudo
por menos que asombrarme, ya que Hartley había tenido siempre su puerta abierta, en todo sentido
de la palabra. Desde luego, por más que sus estudios le retuvieran en el laboratorio hasta bastante
tarde cualquier amigo suyo podía entrar y acomodarse en su casa con entera libertad. Y he aquí que
