ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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que usted le mate o le entregue a la policía? Y, a propósito, todavía ignoro lo que piensa usted hacer
con él si le encuentra.
Sir Guy apuró el contenido de su vaso.
-Capturaré al sanguinario asesino -dijo-. Le capturaré y le entregaré al gobierno, junto con todas las
pruebas documentales que he reunido contra él durante todos estos años. ¡He gastado una fortuna
investigando este asunto, una fortuna! Estoy convencido de que su captura significará la solución de
centenares de crímenes impunes.
»¡Hay un asesino loco que anda suelto por nuestro mundo! ¡Un asesino sin edad, eterno, que ofrece
sacrificios a los dioses malignos!
In vino veritas. ¿O se trataba simplemente de los efectos de un exceso de ginebra? Daba lo mismo.
Sir Guy Hollis volvió a llenar su vaso. Me pregunté qué haría con él. Estaba encaminándose
rápidamente a un clima de histérica embriaguez.
-Dígame una cosa -inquirí, más para evitar que la conversación fuera un interminable monólogo que
con la esperanza de obtener información-. Todavía no me ha explicado usted en qué basa su
seguridad de dar con el Destripador.
-Está por estos alrededores -dijo Sir Guy-. Tengo un sexto sentido. Lo sé.
Sir Guy no tenía un sexto sentido. Estaba chiflado.
El asunto empezaba a fastidiarme. Llevábamos una hora sentados en la taberna, y durante todo ese
tiempo me había visto obligado a hacer de niñera y a escuchar a un imbécil charlatán. Después de
todo, Sir Guy no era paciente mío.
-Basta de ginebra -dije, agarrando la mano de Sir Guy cuando trataba de coger la botella medio
vacia-. Ya ha bebido usted demasiado. Ahora, escúcheme. Voy a buscar un taxi y nos marcharemos
de aquí. Se está haciendo tarde, y no parece que su amigo tenga muchos deseos de aparecer. En su
lugar, yo esperaría a mañana y acudiría al F.B.I. con todos los documentos y pruebas que posee. Si
está tan convencido de la veracidad de su descabellada teoría, el F.B.I. dispone de medios para
efectuar una minuciosa investigación y localizar a su hombre.
-No -dijo Sir Guy, con la obstinación de la embriaguez-. Nada de taxis.
-Bueno, salgamos de aquí, por lo menos -dije, consultando mi reloj-. Son más de las doce.
Suspiró, se encogió de hombros y se levantó pesadamente. Mientras se dirigía hacia la puerta, sacó
el revolver del bolsillo...
-¡Deme eso! -susurré-. No puede usted andar por la calle esgrimiendo un revólver.
Cogí el arma y la introduje en uno de mis bolsillos. Luego agarré a Sir Guy del brazo y le saque a la
calle. El negro no alzó la mirada cuando nos marchamos.
Nos detuvimos en la acera, temblando. La niebla se había espesado. Desde el lugar donde nos
encontrábamos no pude ver el extremo de la calle. Hacia frío. Humedad. Un ligero viento susurraba
secretos a las sombras, a nuestras espaldas.
El aire fresco tuvo sobre Sir Guy el efecto que yo había esperado. La niebla y los vapores de la
ginebra no hacen buenas migas. Avanzó dando traspiés mientras yo le guiaba lentamente a través de
la oscuridad.
Sir Guy, a pesar de su estado, continuaba dirigiendo aprensivas miradas a su alrededor, como si
esperase ver acercarse a una figura.
No pude contenerme por más tiempo.
-¡Basta de chiquilladas! -exclamé-. ¡Jack el Destripador! La diversión ha llegado demasiado lejos.
-¿Diversión? -Sir Guy se encaró conmigo. A través de la niebla pude ver su contraído rostro-. ¿Se
atreve usted a llamarlo una diversión?
-Bueno, ¿qué otro nombre puede dársele? -gruñí-. ¿Por qué habría usted de estar tan interesado en
seguir el rastro a un asesino mítico?
Mi brazo no soltaba el suyo. Pero su mirada no me soltó a mí.
-En 1888... -susurró-, en Londres... una de aquellas busconas asesinadas por el Destripador... era mi
madre.
