ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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»Ésa es una de sus debilidades. Se siente fascinado por la inmundicia. Además, las mujeres que
necesita para su sacrificio son más fáciles de encontrar en los barrios miserables de una gran ciudad.
Sonreí.
-Bueno, entremos en algún tugurio -sugerí-. Tengo frío. Necesito un trago. Esta maldita niebla se le
mete a uno en los huesos. Ustedes, los ingleses, la resisten bien, pero yo prefiero el calor seco.
A través de las blancas nubes de niebla, distinguí una mortecina luz azulada, una bombilla colgada
encima del letrero de una taberna.
-Vamos a probar -dije-. Estoy temblando.
-Como quiera -dijo Sir Guy.
Nos detuvimos ante la puerta de la taberna.
-¿Qué es lo que espera? -me preguntó Hollis.
-Estaba echando un vistazo -respondí-. Éste es un barrio poco recomendable, Sir Guy. Y en algunas
de estas tabernas los clientes blancos no son bien recibidos.
-Buena idea, John.
Terminé mi inspección a través de la puerta encristalada.
-Parece vacía -murmuré-. Entremos.
La taberna estaba pésimamente iluminada. Una bombilla colgada encima del mostrador esparcía
una débil claridad que no llegaba a la lóbrega trastienda.
Detrás del mostrador había un negro gigantesco, con una mandíbula de acusado prognatismo y un
torso de gorila. Cuando entramos no se movió, pero sus ojos parpadearon rápidamente y me di
cuenta de que había notado nuestra presencia y nos estaba juzgando.
-Buenas noches -dije.
El negro tardó unos instantes en contestar. No había terminado su evaluación. Finalmente, sonrió.
-Buenos noches, amigos. ¿Qué van a tomar?
-Ginebra -dije-. Dos ginebras. La noche está fría.
-Desde luego.
Llenó nuestros vasos, pagué y no perdimos tiempo: nos bebimos la ginebra de un solo trago. El
ardiente licor puso fuego en nuestras venas.
Me incliné sobre el mostrador y cogí la botella. Sir Guy y yo nos servimos otro vaso. El gigante
negro no se movió, controlando con los ojos entreabiertos nuestros movimientos.
El reloj que había sobre la estantería dio las horas. En el exterior había empezado a soplar un fuerte
viento, desgarrando la niebla en jirones. Sir Guy y yo saboreamos nuestra segunda ginebra.
Sir Guy empezó a hablar, y las sombras se espesaron a nuestro alrededor para escuchar.
Sir Guy divagaba incansablemente. Repitió todo lo que me había dicho cuando se presentó a mi
consulta, como si yo no lo hubiese oído ya. Los que padecen una obsesión son así.
Escuché pacientemente. Le serví otra ginebra. Y otra.
Pero el licor no hizo más que aumentar su locuacidad. Habló de la Magia negra, de los sacrificios
cruentos y de la prolongación de la vida por medios sobrenaturales. Y, desde luego, de su
inquebrantable convicción de que el Destripador andaba suelto aquella noche.
Supongo que me hice culpable de aguijonearle.
-Perfectamente -dije, incapaz de disimular la impaciencia que me dominaba-. Vamos a aceptar que
su teoría es correcta, aunque para ello tengamos que desestimar todas las leyes naturales y tragarnos
un montón de supersticiones.
»Pero vamos a aceptar, por un momento, que está usted en lo cierto. Jack el Destripador era un
hombre que descubrió el modo de prolongar su propia vida ofreciendo sacrificios humanos. Y ahora
se encuentra aquí, en Chicago, planeando un nuevo asesinato. En otras palabras: supongamos que
todo lo que usted imagina es absolutamente cierto. ¿Y qué?
-¿Qué significa ese «y qué»? -inquirió Sir Guy.
-Significa: ¿Y qué? -respondí-. Si todo eso es verdad, no comprendo qué es lo que estamos
haciendo aquí. ¿Cree que Jack el Destripador va a entrar de un momento a otro en esta taberna, para