ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
podría arrancar las piedras y volver a adquirir mi propia forma..., al arrancarlas aprisioné la idea en
las gemas.
Tengo que apartar la mirada. Puedo escribir, puedo pensar..., pero esos ojos delante de mí..., crecen
y crecen hasta convertirse en lunas amarillas..., apartar la mirada.
¡No puedo! Más rojas..., más rojas..., tengo que luchar contra ellas, evitar que me dominen. Mi
cabeza está ardiendo..., no experimento ninguna sensación..., tengo que luchar..., tengo que luchar...
Ahora puedo apartar la mirada. He vencido a las gemas. Me encuentro perfectamente. Puedo apartar
la mirada... pero no puedo ver. ¡Estoy ciego! Ciego..., las gemas no están ya en las cuencas..., la
momia está ciega.
¿Qué es lo que me ha sucedido? Estoy sentado en la oscuridad, escribiendo a máquina a ciegas.
¡Ciego, como la momia! Tengo la sensación de que ha sucedido algo; una sensación muy rara. Mi
cuerpo parece más ligero.
Ahora lo sé.
Estoy en el cuerpo de la momia. Lo sé. Las gemas..., la idea que conservaban..., y ahora, algo está
saliendo de aquella tumba abierta.
Está andando hacia el mundo de los hombres. Lleva mi cuerpo, y buscará presas y sangre para
ofrecerlas en acción de gracias por la resurrección.
Y yo estoy ciego. ¡Ciego... y desmenuzándome!
El aire..., ésta es la causa de la desintegración. Los órganos vitales intactos, dijo Weildan, pero yo
no puedo respirar. No puedo ver. Tengo que escribir..., avisar. Quienquiera que vea esto debe
enterarse de la verdad. Avisar. El cuerpo se desintegra rápidamente. Ahora no puedo levantarme.
Maldita magia egipcia ¡Aquellas gemas! Alguien tiene que matar a la cosa que salió de la tumba.
Los dedos..., apenas puedo golpear las teclas. Se niegan a funcionar. Se están desmenuzando.
Despacio. Tengo que avisar. No puedo hacer retroceder el carro... ahora no puedo pulsar la tecla de
las mayúsculas. los dedos se van desintegrando. desmenuzándose a causa del aire. los dedos tengo
que avisar contra la magia de sebek los dedos apenas puedo escribir con los nudillos
maldito sebek sebek sebek sebek sebe seb seb seb se s s sssssss s s s
ATENTAMENTE SUYO, JACK EL DESTRIPADOR
Miré al diplomático inglés. Él me miró a mí.
-¿Sir Guy Hollis? -pregunté.
-En efecto. ¿Tengo el placer de hablar con John Carmody, el psiquíatra?
Asentí. Mis ojos examinaron disimuladamente a mi distinguido visitante. Alto, delgado, con el pelo
rojizo y el tradicional bigote. Y el traje de mezclilla. Sospeché la existencia de un monóculo en el
bolsillo de pecho de la americana, y me pregunté si se habría dejado el paraguas en la oficina
exterior.
Pero, más que eso, me pregunte qué diablos habría impulsado a Sir Guy Hollis, de la Embajada
británica, a ponerse en contacto con un forastero aquí, en Chicago.
Sir Guy no me ayudó lo más mínimo mientras tomaba asiento. Se aclaró la garganta, miró
nerviosameute a su alrededor y golpeó su pipa contra el borde del escritorio. Luego abrió la boca.
-Mr. Carmody -dijo-, ¿ha oído usted hablar de... Jack el Destripador?
-¿El asesino? -pregunté.
-Exactamente. El más monstruoso de todos. Peor que Landrú. Jack el Destripador. Jack el Rojo.
-He oído hablar de él -dije.
-¿Conoce usted su historia?
-Escuche, Sir Guy -murmuré-. No creo que nos sirva de nada desempolvar antiguos cuentos de
viejas acerca de famosos criminales de la historia.
Sir Guy me miró fijamente.
-Esto no es ningún cuento de viejas. Es un asunto de vida o muerte.
