ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
Recogí apresuradamente las gemas y las envolví en mi pañuelo. Luego me marché de allí, dejando a
Weildan y a la momia tal como estaban, y regresando a la superficie con la ayuda de la claridad
proporcionada por unas cerillas.
Fue muy agradable contemplar el cielo nocturno dc Egipto, ya que por entonces había oscurecido.
Cuando vi aquella limpia oscuridad, la pesadilla de mi reciente experiencia en la diabólica negrura
de la tumba me sacudió de nuevo, y eché a correr como un loco a través de la arena hacia la
pequeña tienda.
En las alforjas había whisky; me serví una dosis generosa y di gracias al cielo por la lámpara de
petróleo que acababa de encontrar. Luego colgué un espejo de la pared de la tienda y permaneqí
más de tres minutos contemplándome a mí mismo, asegurándome de mi propia identidad. Después
saqué la máquina de escribir portátil y la coloqué sobre la mesa de piedra.
Sólo entonces me di cuenta de mi subconsciente propósito de manifestar la verdad por escrito.
Durante algún tiempo luché conmigo mismo..., pero aquella noche no podía pensar en dormir, ni en
regresar a través del desierto. Al final, recobré la serenidad.
Escribí el presente relato.
Ahora, ya he contado la historia. Mañana abandonaré Egipto para siempre..., abandonaré aquella
tumba, después de cubrir la entrada de modo que nadie pueda penetrar nunca en aquella subterránea
cámara de horror.
Mientras escribo, me siento agradecido a la luz que borra el recuerdo de la silenciosa oscuridad y
del sonido sombrío. Agradecido, también, a la tranquilizadora imagen del espejo que desvanece la
idea de aquellos terribles instantes en que las gemas que el sacerdote de Sebek tenía por ojos me
contemplaron fijamente y yo cambié. ¡A Dios gracias, las arranqué a tiempo! Tengo una teoría
acerca de aquellas gemas: eran una trampa. Resultaba espantoso creer en la capacidad de hipnosis
de un cerebro muerto hace tres mil años. Pero no cabe otra explicación. Cuando al sacerdote
moribundo le arrancaban los ojos, para colocar en su lugar las piedras preciosas, su mente estaba
concentrada en una sola idea: vivir, usurpar de nuevo la carne. Aquella idea, transmitida a las
gemas, fue conservada por ellas a través de los siglos hasta que los ojos de un descubridor se
posaran en su hipnótico brillo. Entonces, el sacerdote muerto asumió la forma del hombre, y la
conciencia del hombre penetró en el cuerpo de la momia. ¡Y pensar que el hombre en cuestión era
yo! Las gemas están en mi poder; tengo que examinarlas. Quizá las autoridades arqueológicas de El
Cairo puedan clasificarlas; en cualquiera de los casos, son bastante valiosas. Pero, Weildan está
muerto; no debo hablar de la tumba... ¿Cómo puedo explicar el asunto? Las dos gemas son tan
raras, que van a despertar la natural curiosidad. Hay algo extraordinario en ellas, aunque la
suposición del pobre Weildan en el sentido de que eran un presente del dios Sebek es
completamente absurda. Sin embargo, el cambio de color que se produce en ellas no es normal;
como tampoco es normal el brillo hipnótico que poseen...
¡Acabo de efectuar un sorprendente descubrimiento! He sacado las gemas de mi pañuelo y las he
mirado. ¡Parecen estar aún vivas!
Su brillo no ha cambiado..., su luminosidad es tan intensa aquí como lo era en la oscuridad de
tumba; como lo era en las cuencas vacías de la momia. Son amarillas, y al mirarlas percibo aquella
misma presciencia de vida interior...
¿Amarillas? No..., ahora están enrojeciendo..., enrojeciendo. No debo mirarlas; me recuerdan
demasiado aquella otra vez. Pero son, tienen que ser, hipnóticas.
Ahora, el rojo es vivísimo, y arde furiosamente. Al contemplarlas, me siento bañado en un fuego
que no quema tanto como acaricia. Ahora ya no me importa; es una sensación agradable. No tengo
por qué apartar la mirada.
No tengo por qué apartarla..., a menos que...
¿Conservarán las gemas su poder incluso sin estar en las cuencas de los ojos de la momia?
Vuelvo a sentirlo..., deben de conservarlo... No quiero volver al cuerpo de la momia..., ahora no
