ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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bañando mi cerebro en un calor que me aturdía y me debilitaba insensiblemente. Mí cabeza ardía.
No podía apartar la mirada, aunque tampoco deseaba hacerlo. Aquellas gemas eran fascinantes.
Hasta mis oídos llegó débilmente la voz de Weildan. Me pareció notar que palmeaba mi hombro.
-¡No mire! -Su voz sonaba absurdamente excitada-. No son..., piedras naturales. Son un presente de
los dioses..., por eso el sacerdote quiso que sustituyeran a sus ojos cuando muriera. Son
hipnóticas..., aquella teoría de la resurrección...
Apenas me di cuenta de que rechazaba bruscamente al profesor. Pero aquellas piedras dominaban
mis sentidos, obligándome a rendirme. ¿Hipnóticas? Desde luego que lo eran; podía sentir el cálido
fuego amarillo inundando mi sangre, latiendo en mis sienes, deslizándose hacia mi cerebro. La
linterna se había apagado definitivamente, lo sabía, y sin embargo la cámara estaba bañada en la
radiante claridad amarilla que despedían aquellos deslumbrantes ojos. ¿Amarilla? No..., ahora era
roja; una brillante luminosidad escarlata, en la cual leí un mensaje. ¡Las piedras estaban pensando!
Poseían una mente, o, mejor dicho, una voluntad. Una voluntad que anulaba mis sentidos. Una
voluntad que me hacía olvidar mi cuerpo y mi cerebro, en un esfuerzo para perderme a mí mismo
en el éxtasis rojo de su ardiente belleza. Deseaba ahogarme en el fuego; en el fuego que me estaba
conduciendo fuera de mí mismo, hasta el punto que experimenté la sensación de precipitarme hacia
las piedras..., de penetrar en ellas..., en otro cuerpo...
Y luego quedé libre. Libre, y ciego en la oscuridad. Con un repentino sobresalto, me di cuenta de
que debía de haberme desmayado. Por lo menos me había caído, ya que ahora estaba tendido de
espaldas contra el suelo de piedra de la caverna. ¿Contra el suelo de piedra? No..., contra un suelo
de madera.
Era muy raro. Podía notar la madera al tacto. La momia reposaba sobre madera. No podía ver. La
momia estaba ciega.
Noté el contacto de mi piel seca, escamosa, leprosamente desconchada.
Mi boca se abrió. Una voz -una voz que era la mía pero que no era la mía- gritó:
-¡Dios mio! ¡Estoy dentro del cuerpo de la momia!
Oí una exclamación y el ruido de un cuerpo chocando contra el suelo. Weildan.
Pero, ¿qué era aquel otro sonido crujiente? ¿Quién tenía mi forma?
Aquel maldito sacerdote, soportando la tortura para que sus cuencas pudieran contener las piedras
hipnóticas, presentes de los dioses como prenda de resurrección eterna..., enterrado con fácil acceso
a la tumba... Las piedras me habían hipnotizado, habíamos cambiado de formas, y ahora él andaba.
El supremo éxtasis de horror fue lo único que me salvó. Me incorporé a ciegas sobre unos
miembros marchitos, y unos brazos en descomposición ascendieron hasta mi frente, buscando lo
que yo sabía que tenía que haber allí. Mis dedos muertos arrancaron las piedras de mis ojos.
Luego me desmayé.
El despertar fue espantoso, ya que yo ignoraba lo que iba a encontrar. Temía adquirir conciencia de
mí mismo..., de mi cuerpo. Pero mi alma se albergaba de nuevo en carne cálida, y mis ojos podían
ver a través de la amarillenta oscuridad. La momia estaba tendida en su féretro, y resultaba
espantoso contemplar las cuencas vacías; la cambiada posición de sus miembros era una horrible
confirmación de lo sucedido.
Weildan estaba en el mismo lugar en que había caído, con el rostro amoratado por la muerte. La
impresión habla sido demasiado fuerte.
Junto a él estaban las fuentes de la luminosidad amarilla: la diabólica llama de las piedras gemelas.
Aquello fue lo que me salvó: el arrancar aquellos monstruosos instrumentos de transferencia de mis
sienes. Sin la voluntad de la momia detrás de ellos, era evidente que no conservaban su permanente
poder. Me estremecí al pensar en semejante transferencia al aire libre, donde el cuerpo de la momia
se hubiera descompuesto rápidamente, sin ser capaz de arrancar las piedras. Entonces, el alma del
sacerdote de Sebek, metida en mi cuerpo, hubiera regresado a la tierra, realizándose así la
resurrección. Era una idea horrible.
