ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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atraer la desgracia sobre mi cabeza.
Sin embargo, Weildan acabó por convencerme, y después de almorzar abandonamos la tienda. Las
rocas que ocultaban la entrada de la tumba no nos causaron grandes dificultades. Habían sido
colocadas hábilmente, de modo que parecía que formaban un solo cuerpo con las rocas del terreno,
pero nosotros descubrimos las intersecciones. Tuvimos que apirtar cuatro grandes piedras que
formaban un bloque delante de una negra abertura que descendía hacia las entrañas de la tierra.
¡Habíamos encontrado la tumba! A la vista de aquel oscuro agujero, recordé todo lo que sabía
acerca del corrompido culto de Sebek, con su mescolanza de mito, fábula y espantosa realidad.
Pensé en los ritos subterráneos bajo templos que ahora se habían convertido en polvo; en la
espantosa adoración de grandes ídolos de oro: ídolos con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo.
Recordé las historias sobre adoraciones paralelas, con una relación entre sí equivalente a la del
satanismo respecto al cristianismo; sacerdotes que invocaban a dioses con cabeza de animal que
más parecían demonios que deidades benéficas. Sebek era un dios dual, y sus sacerdotes le habían
dado a beber sangre. En algunos templos había criptas, y en aquellas criptas se encontraban ídolos
del dios en forma de cocodrilo de oro. El animal tenía unas mandíbulas provistas de colmillos, y en
sus fauces eran introducidas muchachas vírgenes. A continuación las mandíbulas eran cerradas, y
los colmillos de marfil llevaban a cabo el sacrificio, de modo que la sangre se deslizara por la
garganta de oro y el dios quedara apaciguado. No era extraño que aquellos sacerdotes hubieran sido
expulsados de sus templos y que aquellos santuarios del pecado hubieran sido destruidos. Uno de
aquellos sacerdotes había huido hasta aquí y había muerto. Ahora reposaba en su tumba, debajo de
mis pies, protegido por la cólera de su antigua divinidad. La idea no resultaba tranquilizadora, ni
mucho menos.
Tampoco resultaban tranquilizadoras las emanaciones que ahora surgían de la abertura en la roca.
No era el vaho de la descomposición, sino el casi palpable olor de una increíble antigüedad.
Weildan se cubrió la nariz y la boca con un pañuelo, y yo le imité.
A continuación encendió su lámpara de bolsillo y penetró en la tumba. Su tranquilizadora sonrisa se
desvaneció en la oscuridad a medida que descendía por el suelo de piedra que conducía al pasadizo
interior.
Le seguí, dejando que abriera el camino. Si habla alguna trampa, algún artificio para castigar a los
intrusos, era justo que se cebara en Weildan, y no en mí. Además, de este modo podía mirar hacia
atrás y ver el tranquilizador espacio de cielo azul recortado por la abertura rocosa. Pero no por
mucho tiempo. El pasadizo formaba una curva a medida que descendía. No tardamos en vernos
rodeados de profundas sombras que se espesaban alrededor de la débil claridad proyectada por la
linterna.
Weildan había acertado en su suposición; el lugar era simplemente una larga caverna rocosa que
conducía a una cámara interior apresuradamente excavada. Allí encontramos las losas que cubrían
el féretro. El rostro de Weildan tenía una expresión de triunfo cuando se volvió hacia mí
gesticulando excitadamente.
Había sido fácil..., demasiado fácil, ahora me doy cuenta. Pero en aquel momento no sospechamos
nada. Incluso yo estaba empezando a desechar mis recelos iniciales. Después de todo, el asunto
resultaba de lo más vulgar; el único elemento enervante era la oscuridad..., pero en una galería
excavada en la roca no cabía esperar otra cosa. Finalmente, perdí todo temor. Weildan y yo
apartamos las losas y contemplamos el bello féretro que había debajo. Lo sacamos y lo colocamos
de pie contra la pared. El profesor se inclinó para examinar la abertura en la roca que había
contenido el sarcófago. Estaba vacía.
-¡Qué raro! -murmuró-. ¡No hay ninguna joya! Deben de estar en el ataúd.
Colocamos la pesada caja de madera en el suelo. El profesor empezó a trabajar. Operaba lenta,
cuidadosamente, rompiendo los sellos y el encerado exterior. El dibujo que adornaba el féretro era
muy complicado, y estaba realizado a base de láminas de oro y plata. Había numerosas