ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

Vista previa de texto
sagradas. Lo que me ofrecía, pues, era una oportunidad única, segura y secreta para hacerme rico.
Tengo que admitir que la perspectiva no me desagradó. A pesar de mis anteriores experiencias,
estaba dispuesto a correr un riesgo a cambio de una adecuada compensación. Y, además, aunque
estaba decidido a evitar toda relación con el misticismo, el asunto tenía un aspecto de aventura que
me atraía.
Weildan explotó hábilmente mis sentimientos; ahora me doy cuenta. Habló conmigo por espacio de
varias horas, y volvió al día siguiente, hasta que obtuvo mi asentimiento.
Embarcamos en el mes de marzo, y llegamos a El Cairo tres semanas más tarde, después de una
breve escala en Londres. La excitación del viaje nubla los recuerdos de mis contactos personales
con el profesor; sé que se mostró muy obsequioso y tranquilizador en todo momento, insistiendo en
que nuestra pequeña expedición era completamente inofensiva. Disipó por completo mis escrúpulos
acerca de la inmoralidad que representaba el saquear una tumba; cuidó de nuestros visados, e
inventó no sé qué historia para que nos permitieran viajar al interior. Desde El Cairo fuimos en tren
hasta Karthum. Allí era donde el profesor Weildan proyectaba reunirse con su «fuente de
información»: un guía nativo, que no era más que un espía al servicio del arqueólogo. La revelación
no me afectó tanto como podía haberme afectado en parajes más vulgares. La atmósfera del desierto
parecía un fondo adecuado para la intriga y la conspiración, y por primera vez comprendí la
psicología del vagabundo y del aventurero. Resultó muy emocionante vagar por las retorcidas
callejas del barrio árabe la noche en que visitarnos la choza del espía. Weildan y yo entramos en un
patio oscuro y silencioso, y fuimos introducidos en una lóbrega habitación por un beduino alto, de
nariz de halcón. El hombre acogió calurosamente al profesor. Unos billetes cambiaron de dueño.
Luego, el árabe y mi compañero se retiraron a una habitación interior. Oí el leve susurro de sus
voces: la excitada de Weildan, en tono interrogante, mezclándose con el gutural inglés del indígena.
Permanecí sentado en la oscuridad, esperando. Las voces subieron de tono, como si discutieran.
Parecía como si Weildan tratara de aplacar o tranquilizar, en tanto que la voz del guía tenía una nota
de advertencia y de temor. Luego oí pasos.
La puerta de la habitación interior se abrió, y apareció el indígena en el umbral. Su rostro tenía una
expresión suplicante cuando me miró, y de sus labios brotó un torrente de palabras incomprensibles,
como si en sus excitados esfuerzos para advertirme hubiera recurrido inconscientemente a su
idioma natal. Ya que me estaba advirtiendo contra algo, indudablemente. La cosa duró unos
segundos; luego, la mano de Weildan cayó sobre su hombro, obligándole a girar en redondo. La
puerta volvió a cerrarse, y se oyó de nuevo la voz del árabe, subiendo de tono, hasta convertirse en
un grito. Weildan gruñó algo ininteligible; a continuación se oyó el rumor de una pelea, un ahogado
estampido, luego silencio. Transcurrieron varios minutos antes de que la puerta se abriera y
apareciera Weildan, secándose la frente. Sus ojos evitaron los míos.
-Ese tipo ha armado una trifulca por la recompensa -explicó, mirando al suelo-. Pero tengo la
información. Quería más dinero. Y ha salido a pedírselo a usted. Me he visto obligado a disparar un
tiro para asustarle; estos indígenas son muy excitables.
Cuando nos marchamos de allí no dije nada, ni hice ningún comentario ante la actitud apresurada y
furtiva de Weildan mientras regresábamos a nuestro hotel a través de las oscuras callejas.
Asimismo, fingí estar distraído cuando mi compañero se secó las manos con su pañuelo y volvió a
meterse éste apresuradamente en el bolsillo.
Pensé que podía resultarle embarazoso explicar la presencia de aquellas manchas rojas...
Debí sospechar entonces, debí abandonar el proyecto inmediatamente. Pero no podía saber, cuando
a la mañana siguiente Weildan propuso que diéramos un paseo a caballo a través del desierto, que
nuestro punto de destino era la tumba.
Los preparativos fueron de lo más inocente. Dos caballos, con un ligero almuerzo en las alforjas;
una pequeña tienda «contra el calor del mediodía», dijo Weildan; y emprendimos la marcha, solos.
Como si saliéramos de merienda al campo. Weildan no liquidó la cuenta del hotel ni dijo una
palabra a nadie. Salimos de la ciudad y cabalgamos por la llanura arenosa que se extendía bajo un
