ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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sobre el cadáver de un sacerdote de Sebek, el dios con cabeza de cocodrilo. Weildan, el arqueólogo,
había traído la momia desde Egipto, y la examinamos, a pesar de las advertencias que nos habían
hecho. Confieso que aquel día había bebido un poco más de la cuenta, y aún ahora no estoy
completamente seguro de lo que ocurrió, exactamente. Los acontecimientos se precipitaron como en
una pesadilla. La momia llevaba una máscara de cocodrilo. Cuando salí corriendo de la casa,
Vanning habla muerto a manos del sacerdote..., o a garras del sacerdote, unas garras adheridas a la
máscara (si es que era una máscara). No puedo garantizar la autenticidad de los hechos; mejor
dicho, no me atrevo. Conté la historia, y luego decidí abandonar para siempre el escribir acerca de
Egipto y de sus antiguas tradiciones. Me he atenido escrupulosamente a aquella decisión, hasta que
esta noche una terrible experiencia me ha inducido a revelar lo que creo que debe de ser contado.
Ése es el motivo de este relato. Los hechos preliminares son simples; pero todos ellos parecen
señalar que estoy unido a alguna espantosa cadena de experiencias relacionadas entre sí, elaboradas
por un monstruoso dios egipcio del Destino. Como si los antiguos estuvieran enojados conmigo por
mi curiosidad acerca de ellos, y quisieran castigarla empujándome inexorablemente hacia un
horrible final.
Así lo creo, ya que después de mi experiencia de Nueva Orleans, después de mi regreso a casa
decidido a abandonar para siempre las investigaciones en torno a la mitología egipcia, me vi
atrapado de nuevo.
El profesor Weildan vino a visitarme. Weildan había pasado de contrabando la momia del
sacerdote de Sebek que yo había visto en Nueva Orleans; le había conocido aquella increíble noche
en que un dios enojado, o su emisario, había descendido aparentemente a la tierra, para vengarse. El
profesor estaba enterado de mi curiosidad, y me había hablado muy seriamente de los peligros que
le acechan al que se dedica a escarbar en el pasado.
Era un hombre bajito, barbudo, con aspecto de gnomo. Confieso que su visita me desagradó, ya que
su presencia me traía recuerdos de cosas que me había propuesto olvidar de un modo definitivo.
Pero no podía negarme a recibirle. A pesar de mis tentativas por conducir la conversación a un
terreno más amplio, insistió en hablar de nuestro primer encuentro. Me contó que a consecuencia de
la muerte del recluso Vanning resultó disuelto el pequeño grupo de ocultistas que aquella noche
había conocido alrededor de la momia.
Pero él, Weildan, no había renunciado a sus investigaciones acerca de la leyenda de Sebek. Éste, me
informo, era el motivo de su visita. Ninguno de sus antiguos asociados le ayudaría en el proyecto
que tenía entre manos. Tal vez yo estuviera interesado. Me negué en redondo a hacer algo que
tuviera relación con la egiptología.
Weildan se echó a reír. Comprendía perfectamente mi actitud, dijo, pero tenía que permitirle que se
explicara. Su actual proyecto no tenía nada que ver con la brujería ni con las artes mánticas. Se
trataba, sencillamente, de una oportunidad para ajustar cuentas con los Poderes de las Tinieblas, si
es que yo era tan ingenuo como para aplicarles ese nombre. Se explicó. En resumen, quería que le
acompañara a Egipto, a una expedición particular. No tenía que preocuparme por los gastos;
necesitaba a un hombre joven como ayudante, y no podía confiar en ningún arqueólogo profesional,
por motivos especiales. En los últimos años, sus estudios se habían concentrado exclusivamente en
las leyendas del Culto del Cocodrilo, y había dedicado todos sus esfuerzos a descubrir las tumbas
secretas de los sacerdotes de Sebek. Ahora, por fuentes dignas de crédito, conocía el emplazamiento
de una tumba subterránea en la cual reposaba la momia de un adorador de Sebek. No iba a
malgastar palabras dándome más detalles; lo esencial del asunto era que la momia podía ser
extraída fácilmente de la tumba, sin necesidad de efectuar trabajos de excavación, y que no existía
el menor peligro de maldiciones o de venganzas. Por lo tanto podíamos ir hasta allí solos, en el
mayor secreto. Y nuestra visita sería provechosa. No sólo se apoderaría de la momia sin ninguna
intervención oficial, sino que, además, su fuente de información -la cual podía garantizar con su
reputación personal- le había revelado que la momia estaba enterrada con un montón de joyas