ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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—Hola, querido amigo.
Sheila. Allí estaba Sheila, mirándole con expresión invitadora. Henderson notó una oleada de calor
en el rostro, al par que se sentía invadido por una inefable sensación, mezcla de amor, de deseo... y
de hambre; hambre suscitada por aquella nacarada piel, por aquellos labios tentadores. ¡Nunca!
¡Jamás haría semejante cosa! Su amor debía triunfar sobre cualquier nefanda pasión. Con brusco e
instintivo movimiento, se despojó de la capa e inmediatamente se sintió aliviado, libre de negros
pensamientos. La joven sonrió levemente y se quitó la suya, en tanto comentaba:
—¿Qué? ¿Cansado del disfraz?
—Ángel... —susurró él.
—Diablo —respondió Sheila, con tonillo burlón.
Un momento después estaban estrechamente abrazados. Henderson había recogido la negra capa de
la chica y la llevaba al brazo, junto con la suya. Cuando dejaron de besarse, Henderson, mientras
llevaba a Sheila hacia el ascensor, propuso:
—¿Y si saliéramos a respirar un poco?
—¿Adónde? ¿A la calle?
—No. No quiero que vayamos a mis mansiones, sino a las tuyas.
—¿A la azotea?
—Exactamente, mi ángel. Quiero hablarte allí, sobre el fondo de tu propio cielo. Quiero besarte
cerca de las nubes y de las estrellas.
En la alta terraza Henderson enlazó a la chica por el talle y la condujo hasta el parapeto.
—Un ángel y un diablo —murmuró la joven—. ¡Qué pareja! ¿Cómo saldrán nuestros chicos? ¿Con
halos o con cuernos?
—Con las dos cosas, quizás.
Abajo quedaron Lindstrom y sus bulliciosos invitados. En cambio, allí, en la azotea, reinaba la
templada noche del otoño, sin música estridente, sin bebidas ni charla insustancial. Una noche como
tantas otras, hecha para el amor y presidida por el disco de la Luna. No obstante, la brisa que
soplaba no resultaba muy agradable, y la joven se estremeció levemente.
—Tengo frío —dijo—. ¿Me das la capa?
Henderson recogió la prenda del borde del parapeto, donde la había colgado, y la deslizó sobre los
hombros de su amada, a la que volvió a abrazar.
—Tu también tienes frío —advirtió Sheila—. Ponte la tuya.
«Ponerse otra vez aquella maldición...» Henderson dio un paso atrás, aterrado con el simple
pensamiento de revestirse nuevamente con la aborrecible prenda, pero la chica tornó a pasarle los
brazos alrededor del cuello y con mimosa entonación insistió:
—Póntela, no vayas a resfriarte.
Frío... Eso era lo que volvía a sentir Henderson en todo su cuerpo. El extraño frío que había
percibido mientras llevaba puesta aquella capa. Bajó la vista hasta los labios de la chica, y otra vez
le acometió el insensato deseo de mordérselos, de beber su sangre. No debía hacer eso. Amaba a
Sheila como nunca habría supuesto que fuera capaz de amar. Y su amor tenía que vencer aquel
incomprensible impulso. Por tanto, haciendo un esfuerzo la apartó de sí.