ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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rata gorda y repleta de sangre, como la sangre que sirve de alimento a los vampiros... sangre de
aquella rata... del cuello de aquella rata que seguía chillando... con la cabeza caída hacia un costado,
mientras los dientes de Henderson se acercaban a su cuello...
—¡Basta ya!
Había sido la seca y fría voz de Sheila. Y también fueron los dedos de la joven los que apretaron
fuertemente un brazo de Henderson, que se volvió a mirarla, estupefacto. Lindstrom se había
desplomado sobre una butaca y estaba enjugándose el sudor, mientras los demás contemplaban la
escena con estupor.
—Muy bien hecho —murmuró la chica—. Que le sirva de lección.
Henderson exhaló un suspiro antes de encararse con los presentes, para decirles jocosamente:
—Señoras y caballeros, lo que acabo de hacer no ha sido más que una demostración de lo que ha
afirmado nuestro querido amigo Lindstrom. Soy, en efecto, un vampiro. Y ahora que están ustedes
advertidos, creo que no correrán peligro. Si hay un médico entre ustedes, podríamos arreglarnos con
una transfusión de sangre, porque la verdad es que estoy desfallecido y necesito alimento.
La salida provocó risa general. Deshecha la tensión, todos reanudaron sus interrumpidas charlas. Y
uno de los asistentes, que había bajado a la portería en busca de un periódico, aprovechó la
oportunidad para imitar a un vendedor callejero y empezó a pregonar:
—¡Extra! ¡Con el siniestro de la Noche de Difuntos! ¡Extra!
Muchos de los invitados se precipitaron a su encuentro para arrebatarle diarios de las manos.
—¡Extra! ¡Con las últimas noticias sobre el incendio de la tienda de disfraces! ¡Lean el extra de esta
noche, con información completa!
—Hasta luego, vampiro —dijo Sheila.
—Hasta luego —murmuró Henderson, prendido en sus bellos ojos.
Pero en seguida se estremeció. ¿Qué era lo que estaba anunciando aquel hombre? Un incendio en
una tienda de disfraces. «Alrededor de las ocho de esta noche, los bomberos tuvieron que acudir a
un establecimiento de la calle... no pudo dominarse el incendio... completamene destruido... se
encontró un esqueleto en una...»
—¡No! —exclamó.
Pero siguió leyendo el resto de la información. Aquel esqueleto había aparecido en una caja que
estaba debajo del establecimiento. Era un ataúd. También se encontraron otras dos cajas, vacías. El
esqueleto estaba envuelto en una capa negra, que no fue dañada por las llamas. Seguían relatos de
testigos presenciales, de vecinos que afirmaban que en aquella casa se habían verificado extraños
ritos, que de vez en cuando entraban allí algunos individuos de aspecto sospechoso para comprar
objetos raros, como filtros de amor, encantamientos y disfraces endemoniados.
La auténtcia capa, recordó Henderson. Eso era lo que había dicho aquel viejo. Y también: «Voy a
retirarme de los negocios... Tal vez le sirva para otras cosas.» Presa de honda desazón, encaminóse
al vestíbulo, para detenerse ante el espejo. Consternado, se llevó una mano a la cara, a fin de
resguardarse de la mirada reflejada que no podía ver. Porque los vampiros no se reflejan en los
espejos. No era extraño que asustara tanto a la gente. Ni que sus manos se sintiesen atraídas hacia
los cuellos de las personas, como sucedió con Lindstrom. ¿Qué era lo que le había ocurrido?
¡La capa! Aquella capa, que había estado en un féretro, de donde la sacó el viejo cuando bajó al
sótano para buscarla. Aquella capa helada con el frío de la muerte le había transmitido sentimiento
de un verdadero vampiro. Y estaba maldita, por haber amortajado el cuerpo de un monstruo
condenado.
