ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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—Sheila —balbuceó—. Tengo que... tengo que decirte una cosa.
—Dime, querido.
—Sheila, por favor. Tú has leído la edición extra de esta noche...
—Sí —repuso la joven, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Pues bien, yo... yo compré allí mi capa, ¿sabes? Y ya has visto lo que sucedió con Lindstrom. No
era ficción, sino realidad. Yo quería, realmente, chuparle la sangre. No puedo explicarte a qué se
debió eso ni... Creo que esa capa es la culpable de tan extraña reacción.
Sheila seguía mirándole con expresión de intenso cariño, sin inmutarse en absoluto por lo que
acababa de escuchar. ¿Es que no le creía? ¿O se figurarla, tal vez, que estaba bromeando?
—Yo te quiero, Sheila. Créeme. Estoy loco por ti.
—Ya lo sé.
—Por eso quiero demostrártelo, y demostrármelo a mí mismo, que lo que siento por ti es verdadero
amor. Para convencerme necesito volver a ponerme esa capa. Si mi amor es tan inmenso como yo
creo, vencerá a todo otro impulso y te besaré, pero en caso de que la maldición fuera más potente y
yo... y yo empezara a morderte, ¡apártate en seguida y huye, cariño mío! ¿Comprendes el
significado de este experimento? Quiero comprobar que te quiero más allá de cualquier posible
influjo maligno, que te querré eternamente. ¿Tie... tienes miedo?
—No.
—Seguro que creerás que estoy loco.
—Tampoco.
—Entonces.
La impasible actitud de la joven desconcertaba a Henderson, que se quedó mirándola en silencio,
hasta que Sheila soltó una risita y se abrazó a él, acariciándole suavemente la nuca y susurrando:
—Ya lo sabía, querido. Lo supe en cuanto te miré por el espejo, la primera vez. Entonces me di
cuenta de que tenías una capa igual que la mía... porque yo compré la mía en el mismo comercio.
Henderson se sorprendió al ver que los labios de Sheila eludían los suyos cuando intentó besarla.
Luego notó el agudo contacto de los dientes de la chica en su garganta, seguido por una sensación
de debilidad... y por el negro abismo de la completa inconsciencia.
LOS OJOS DE LA MOMIA
Egipto me ha fascinado siempre; Egipto, tierra de antiguos y misteriosos secretos. Había leído
historias de pirámides y reyes; había soñado en vastos imperios, tan muertos ahora como los ojos
vacíos de la esfinge. Durante los últimos años había escrito acerca de Egipto, ya que sus fantásticas
creencias y cultos lo convertían para mí en el paraíso de todas las extravagancias. Y no es que yo
creyera en las grotescas leyendas de las épocas antiguas; no concedía el menor crédito a la fe en
dioses antropomorfos, con las cabezas y los atributos de animales. Sin embargo, detrás de los mitos
de Bast, Anubis, Set y Thot, captaba las implicaciones alegóricas de verdades olvidadas. Las
leyendas de hombres-animales son conocidas en el mundo entero, en la erudición racial de todos los
climas. La leyenda del hombre-lobo, por ejemplo, es universal y no ha cambiado desde las tímidas
sugerencias de la época de Plinio. En consecuencia, y dado mi interés por lo sobrenatural, Egipto
me proporcionaba una clave para el conocimiento de la antigüedad. Pero en realidad no creía en la
existencia de tales seres o animales en la época de esplendor de Egipto. Lo único que admitía, a lo
sumo, era que tal vez las leyendas de aquella época procedían de otras épocas mucho más remotas,
cuando la primitiva tierra podía albergar tales monstruosidades, producidas por las mutaciones de la
evolución. Luego, una noche de carnaval en Nueva Orleans, descubrí una espantosa comprobación
de mis teorías. Participé, en el hogar del excéntrico Henricus Vanning, en un extraña ceremonia