ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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cielo intensamente azul. Cabalgamos por espacio de una hora. Weildan parecía estar preocupado; no
cesaba de escrutar el monótono horizonte, como si buscara algo; pero ni por un instante sospeché
sus verdaderos propósitos.
Casi tropezamos con las piedras antes de que yo las viera; un gran montón de rocas blancas
surgiendo del centro de una pequeña duna. Su forma parecía indicar que las rocas visibles formaban
un fragmento infinitesimal de las piedras ocultas debajo de la arena; aunque ni en su tamaño ni en
su forma había nada anormal. Surgían de la duna, semejantes a una docena de otros montones de
rocas que habíamos visto antes. Weildan sugirió que desmontáramos, plantáramos la pequeña tienda
y almorzáramos. Clavamos las estacas en el suelo arenoso, arrastramos unas cuantas piedras planas
al interior de la tienda para que nos sirvieran de mesa y de asientos, y nos dispusimos a almorzar.
Entonces, mientras comíamos, Weildan hizo estallar la bomba. Las rocas situadas delante de nuestra
tienda, dijo, ocultaban la entrada a la tumba. La arena, el viento y el polvo del desierto habían
realizado su tarea a la perfección, ocultando el santuario a los intrusos. Su cómplice indígena,
guiado por suposiciones y rumores, había descubierto el lugar de un modo que no había querido
explicar. Pero la tumba estaba allí. Ciertos manuscritos y pergaminos atestiguaban el hecho de que
no estaba sujeta a vigilancia. Lo único que temamos que hacer era apartar las piedras que
bloqueaban la entrada y descender. Weildan volvió a subrayar el hecho de que yo no corría el menor
peligro.
Me había cansado de representar el papel de tonto. Interrogué a Weildan estrechamente ¿Por qué
había de estar enterrado en un lugar tan solitario un sacerdote de Sebek?
Porque, afirmó Weildan, él y los suyos huían probablemente hacia el sur en el momento de
producirse su muerte. Quizás había sido expulsado de su templo por un nuevo faraón; en aquella
época, además, los sacerdotes eran también magos y brujos, y a menudo se veían perseguidos o
cxpulsados de las ciudades por los enfurecidos ciudadanos. Al huír, había muerto y le habían
enterrado allí. Éste, explicó Weildan, era el motivo de la escasez de tales momias. Habitualmente, el
corrompido culto de Sebek enterraba a sus sacerdotes bajo las bóvedas secretas de sus propios
templos ciudadanos. Aquellos santuarios habían sido destruidos hacía muchísimo tiempo. Por lo
tanto, sólo en circunstancias especiales como ésta, un sacerdote expulsado era enterrado
secretamente en un lugar donde su momia difícilmente podía ser localizada.
-Pero, ¿y las joyas? -insistí.
Los sacerdotes eran ricos. Un brujo fugitivo llevaría encima sus riquezas. Y al morir era enterrado
con ellas, naturalmente. Era una peculiaridad de ciertos sacerdotes renegados la de ser momificados
con los órganos vitales intactos, debido a que tenían alguna superstición acerca de la resurrección
terrenal. Ese era el motivo de que sus momias resultaran tan difíciles de descubrir. Probablemente,
la cámara mortuoria no era más que un agujero del tamaño de la caja que contenía la momia
excavado en la pared de piedra. Podíamos entrar con toda tranquilidad. En el séquito de tales
sacerdotes había siempre varios expertos artífices capaces de embalsamar adecuadamente el
cadáver; hacer un buen trabajo sin extraer los órganos vitales exigía mucha habilidad, y los
principios religiosos hacían indispensable aquella operación final. Por lo tanto, no teníamos por qué
preocuparnos: encontraríamos a la momia en buenas condiciones. Weildan se mostró muy locuaz.
Demasiado locuaz. Me explicó la facilidad con que pasaríamos subrepticiamente la caja con la
momia envuelta en la tela de nuestra tienda de campaña; cómo se las arreglaría para sacar la momia
y las joyas del país, con la ayuda de una empresa de exportación indígena.
Redujo a polvo cada una de las objeciones que formulé; y sabiendo que, al margen de su carácter
personal como hombre, era un reputado arqueólogo, me vi obligado a admitir su autoridad en la
materia. Había un solo punto que me preocupaba vagamente: su accidental referencia a alguna
superstición relativa a la resurrección terrenal. El entierro de una momia con los órganos intactos
parecía una extravagancia. Sabiendo lo que sabía acerca de las actividades de los sacerdotes en
relación con los ritos de nigromancia y brujería, quería evitar la más leve de las posibilidades de
