ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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inscripciones y jeroglíficos, que el arqueólogo no se entretuvo en descifrar.
-Esto puede esperar -dijo-. Veamos primero lo que hay dentro.
Transcurrió algún tiempo antes de que consiguiera levantar la primera tapadera. Weildan trabajaba
delicada y cuidadosamente. La linterna empezaba a perder su potencia: la pila se estaba
consumiendo.
La segunda tapadera era un duplicado más pequeño de la primera, pero el rostro que aparecía
dibujado en ella era más detallado. Parecía un intento de reproducir más concienzudamente los
verdaderos rasgos del sacerdote momificado.
-La hicieron en el templo -explicó Weildan-. Se la llevaron en la huída.
Nos inclinamos sobre la tapadera, examinando aquel rostro a la mortecina claridad de la linterna.
Bruscamente, y casi al mismo tiempo, hicimos un extraño descubrimiento. ¡El rostro carecía de
ojos!
-Era ciego -comenté.
Weildan asintió, luego miró el rostro más de cerca.
-No -dijo-. El sacerdote no era ciego, si este retrato es exacto. ¡Le arrancaron los ojos!
Examiné las cuencas, que estaban vacías, confirmando aquella espantosa verdad. Weildan señaló
excitadamente una hilera de figuras jeroglíficas que adornaban los lados del féretro. Mostraban al
sacerdote en los estertores de la muerte. Dos esclavos armados con unas pinzas estaban inclinados
sobre él.
Una segunda escena mostraba a los esclavos arrancando los ojos del muerto. En una tercera, los
esclavos insertaban unos objetos brillantes en las cuencas ahora vacías. El resto de la serie eran
escenas de las ceremonias fúnebres, con una espantosa figura con cabeza de cocodrilo en último
término: el dios Sebek.
-Extraordinario -fue el comentario de Weildan-. ¿Comprende el significado de esos dibujos? Fueron
hechos antes de la muerte del sacerdote. Demuestran que había decidido que le arrancaran los ojos
antes de morir, y que en su lugar colocaran esos objetos brillantes. ¿Por qué se sometió
voluntariamente a semejante tortura? ¿Qué son esas cosas brillantes?
-La respuesta debe de estar dentro -contesté.
Sin hacer más comentarios, Weildan reanudó su trabajo. Sacó la segunda tapadera. La linterna se
estaba apagando. En una oscuridad casi absoluta, el profesor se enfrentó con la tercera tapadera.
Finalmente, consiguió levantarla.
El féretro quedó abierto. A la mortecina claridad de la linterna, vimos la momia.
Una ola de vapor surgió del ataúd: un horrible olor a especias y a gases que traspasó los pañuelos
anudados alrededor de la nariz y garganta. El poder de conservación de aquellas emanaciones
gaseosas era evidentemente enorme, ya que la momia no estaba vendada ni amortajada. Ante
nuestros ojos apareció un cadáver desnudo y moreno, en un sorprendente estado de conservación.
Inmediatamente, concentramos nuestra atención en sus ojos..., o en el lugar donde habían estado.
Dos grandes discos amarillos ardían hacia nosotros a través de la oscuridad. No eran diamantes, ni
zafiros, ni ópalos, ni ninguna piedra conocida; su enorme tamaño descartaba toda posibilidad de
incluirlas en una categoría corriente. No estaban cortadas ni talladas, y sin embargo cegaban con su
brillo: un centelleo que hería nuestras retinas como fuego. Aquéllas eran las joyas que habíamos
venido a buscar..., y valía la pena haberlo hecho. Me disponía a arrancarlas, pero la voz de Weildan
me contuvo.
-No lo haga -me advirtió--. Las sacaremos más tarde, sin dañar la momia.
Oí su voz como si llegara de muy lejos. No tuve conciencia de volver a incorporarme. En realidad,
permanecí inclinado sobre aquellas centelleantes piedras. Contemplándolas fijamente. Parecían
estar creciendo hasta convertirse en dos lunas amarillas. El contemplarlas me fascinaba: todos mis
sentidos parecían concentrados en su belleza. Y ellas, a su vez, concentraban su fuego sobre mí,
