ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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—Me la llevaré —dijo—. ¿Cuánto es?
—Se divertirá con ella, se lo aseguro.
—Así lo espero. ¿Cuánto cuesta el alquiler de esta capa?
—¿Qué le parecen cinco dólares?
—Bien.
El viejo recogió el dinero y retiró la capa de los hombros de Henderson, que volvió a sentir
entonces calor en su cuerpo. Era muy posible que hiciera mucho frío en el sótano, porque la tela de
aquella prenda estaba helada. Cuando el tendero le entregó el paquete, Henderson prometió:
—Mañana se la devolveré.
—¡Oh! No hace falta. La ha comprado usted. Ahora es suya.
—¿Mía? Pero...
—Es que voy a retirarme de los negocios, ¿sabe usted? Quédese con ella. Seguro que le servirá para
otras cosas.
Henderson se encogió de hombros y salió de la tienda con el paquete bajo un brazo, un tanto
inquieto por la fija mirada de aquel anciano, cuyos ojos no parpadeaban en ningún momento. Y lo
raro fue que su inquietud no sólo no se disipó, sino que iba en aumento, hasta el punto de que al
llegar las ocho, a punto estuvo de telefonear a Lindstrom para decirle que no podría asistir a la
fiesta. Después de unos cuantos tragos de licor, Henderson se sintió más animado. Para ensayar su
papel dio unos pasos por la habitación, se envolvió en la capa y puso varias veces expresión feroz
ante el espejo. Y al fin, complacido con su terrorífico aspecto, bajó a la calle y detuvo un taxi, cuyo
conductor se quedó mirándole con aire de asombro.
—Escuche bien la dirección que voy a indicarle —dijo Henderson, mientras se acomodaba en el
asiento posterior.
El taxista, visiblemente impresionado y con trémula voz murmuró:
—Ssss... sí, señor.
En cuanto hubo oído las señas, el chófer puso el coche en marcha y empezó a recorrer las calles de
la ciudad a gran velocidad. Divertido, el pasajero emitió una risita, pues no había dejado de advertir
el efecto producido por su disfraz. Luego reparó en que el conductor no le perdía de vista,
observándole por el retrovisor. «Buena señal —se dijo—. Cuando llegue a casa de Lindstrom voy a
dar el golpe.» Y sin darse cuenta, profirió una burlona carcajada, que sonó con acento sepulcral. El
impresionable taxista apretó el acelerador a fondo y no paró hasta que hubo llegado a su destino.
Sólo se detuvo el tiempo preciso para cerrar la portezuela cuando se apeó el pasajero, y partió veloz,
sin cobrar el importe del trayecto.
Al entrar en el ascensor, Henderson encontró a otros cuatro invitados y ninguno pareció
reconocerle, a pesar de haber hablado con ellos en otras ocasiones. Tal circunstancia le satisfizo
sobremanera y le indujo a sonreír torvamente. Resultábale curioso el afán de la gente de adoptar
disfraces según sus reprimidos deseos. Las mujeres procuraban acentuar su figura, en tanto que los
hombres se esforzaban por destacar su masculinidad, como por ejemplo, el que se vestía de torero.
En el fondo, era triste que tantos seres humanos aprovechasen un baile de máscaras para imaginarse
que eran lo que no habían sido nunca.
Los que iban en el ascensor eran hombres y mujeres de aspecto saludable. Henderson se sorprendió
al darse cuenta de que estaba mirando intensamente uno de los sonrosados y regordetes brazos de la
dama que se hallaba a su lado. Y acto seguido advirtió que los demás se habían apiñado en un
ángulo, como si quisieran apartarse de él, como si les amedrentase su siniestra apariencia. «¿Qué