ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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que la llegada de esa noche recobrara su significado, o adquiriese uno nuevo. Que significase algo
importante, en suma. En la Europa medieval, invadida por la superstición, millones de puertas se
cerraban aquella noche para impedir la entrada de los espíritus y millones de plegarias eran
musitadas por las almas de los difuntos, al par que se encendían millones de velas. En aquellos
tiempos, pensaba Henderson, la llegada de la festividad resultaba impresionante. Los europeos de
entonces vivían en un ambiente de terror, en un mundo poblado por demonios y vampiros. En
aquellos tiempos, el alma de un ser humano tenía valor para sus semejantes. En cambio, el
escepticismo de la época moderna la había despojado de ese valor, porque los hombres de los
nuevos tiempos no concedían ya atención a los asuntos de su alma.
—¡Tonterías! —volvió a decir Henderson.
Pero no dejó de reconocer la vaciedad del comentario expresado, tan corriente en estos días de
indiferencia total hacia los problemas anímicos. No obstante, y como hijo de su época, admitió que
los tiempos habían cambiado, y se concentró en la idea que en aquel momento tenía más
importancia para él: la de localizar la tienda de disfraces cuya dirección había encontrado en la guía
telefónica, pues deseaba comprar una máscara para asistir al baile de aquella noche. Por eso siguió
mirando atentamente los números de las puertas de la calle, hasta que los rojizos rayos del sol
poniente, reflejándose en la fachada de un alto edificio, le mostraron el amplio cristal de un
escaparate.
De pronto, Henderson notó que un escalofrío le recorría la espalda. Por supuesto que se encontraba
frente a la tienda que buscaba y no ante la entrada del infierno. Entonces, ¿a qué se debía aquel
rojizo resplandor que iluminaba todo el interior del local? Un resplandor siniestro, que prestaba
horrenda apariencia a las caretas alineadas sobre el mostrador.
—El sol del atardecer —tranquilizóse, sonriendo levemente.
Y después de abrir la puerta avanzó hasta el fondo del local, sumido en profundo silencio. Notábase
ese inconfundible olor que se percibe en recintos largo tiempo cerrados y mal ventilados; como
debía de ser el de los sepulcros y...
—Tonterías —tornó a murmurar Henderson.
Y pensó que lo que su olfato percibía era el ambiente propio de un vulgar comercio poco
frecuentado: naftalina, pieles viejas, cartón, polvo... Allá en los días de su niñez, Henderson había
participado en funciones teatrales escolares y recordaba que había representado el papel de
«Hamlet», viéndose obligado a sostener en sus manos una calavera. Pues bien, el recuerdo le sugirió
una idea apropiada para la fiesta de aquella noche. Puesto que era la víspera de la Festividad de los
Difuntos, no se disfrazaría de rajá ni de pirata ni de ninguna otra cosa por el estilo, sino de fiera,
brujo, hombre-lobo... ¡Eso era lo que habría de hacer! Causar una tremenda impresión al «snob» de
Lindstrom y a los cursis de sus invitados. Sonrió entonces, al figurarse las expresiones de horror y
sorpresa que provocaría, cuando entrase en aquella casa vestido como un monstruo. Y un tanto
impaciente, golpeó con los nudillos sobre el mostrador.
—¡Eh! ¿No hay nadie que atienda a los clientes?
Al pronto, no recibió respuesta. Luego, un apagado rumor sonó a sus espaldas y volvióse en
redondo, mientras que pensaba que bien podrían encender la luz antes de que acabase de caer la
noche. Acto seguido, Henderson abrió la boca y los ojos, en expresión de gran asombro, al ver un
oscuro bulto que iba ascendiendo desde el suelo, envuelto en un rojizo resplandor...
