ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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distancia, llegó un persistente grito desde el exterior de la cueva.
—¡Graham! ¡Graham Dean!
Entonces sintió en las ventanas de la nariz el olor a húmeda pestilencia marina, un olor agradable y
familiar. Ahora sabía adónde estaba. Era la cueva donde, en sueños, había besado al ser marino. Era
la cueva en la cual...
Ahora recordaba. La mancha negra se disipó en su cerebro, y recordó todo. Su mente llenó el vacío,
y recordó una vez más haber venido a ese lugar antes, esa misma noche, antes de haberse
encontrado en el agua. Morella Godolfo lo había llamado allí; hasta allí lo habían conducido sus
siniestros susurros en la penumbra, cuando había venido desde la cama de la casa del doctor
Yamada. Era el canto de sirena de la criatura marina que lo había atraído en sueños. Recordó cómo
ella se había enroscado a sus pies cuando él entró, y cómo había abandonado su cuerpo descolorido
por el mar, hasta que su cabeza inhumana se había acercado a la de él. Y entonces los ardientes
labios carnosos se habían apretado contra los suyos, los labios viscosos y repugnantes lo habían
besado otra vez. ¡Un beso húmedo, horriblemente ávido! Sus sentidos se habían sumergido en la
malignidad de éste, porque supo que este segundo beso significaba la perdición.
«El habitante del mar tomará su cuerpo», había dicho el doctor Yamada... Y el segundo beso
significaba la perdición.
¡Y todo eso había sucedido horas atrás!
Dean se movió por la cámara rocosa para no mojarse en el charco. Al hacerlo, contempló su cuerpo
por primera vez en aquella noche; contempló con un cuello ondulante el aspecto que había tenido
durante las tres horas pasadas en el mar. Vio las escamas semejantes a las de los peces, la áspera
blancura de su piel viscosa; vio las venosas branquias. Entonces contempló fijamente las aguas del
charco, para que el reflejo de su rostro fuera visible a la borrosa luz de la luna que se filtraba a
través de las grietas de las rocas.
Lo vio todo...
Su cabeza descansaba sobre el largo cuello de reptil. Era una cabeza antropoide de contornos lisos
monstruosamente inhumanos. Los ojos eran blancos y salientes; sobresalían con la mirada vidriosa
de un ahogado. No había nariz, y el centro del rostro estaba cubierto por una maraña de tentáculos
azules semejantes a gusanos. Lo peor de todo era la boca. Dean vio pálidos labios blancos en un
rostro muerto, labios humanos. Labios que habían besado a los suyos. Y que ahora ¡eran los suyos!
Estaba en el cuerpo del maligno ser marino; ¡el maligno ser marino que había contenido una vez el
alma de Morella Godolfo! En ese momento Dean hubiera querido de buena gana morirse, ya que el
completo y blasfemo horror de su descubrimiento era demasiado grande como para soportarlo.
Ahora supo lo de sus sueños, y las leyendas; había llegado a saber la verdad, y había pagado un
espantoso precio. Recordó, vívidamente, cómo había recobrado el sentido en el agua y cómo había
nadado hasta encontrarse con aquellos otros. Recordó el gran casco negro del que habían sido
rescatados en botes hombres que se estaban ahogando, la nave naufragada, destrozada en el agua.
¿Qué era lo que le había dicho Yamada? Cuando hay un naufragio, allí van como buitres a un festín.
Y ahora, finalmente, recordó lo que se había sustraído a su memoria esa noche, qué era esa forma
familiar sobre las aguas. Era un zeppelin que había caído. Él había ido nadando hasta los restos del
naufragio con aquellos seres, y ellos se habían llevado hombres... Tres horas —¡por Dios!—. Dean
deseó profundamente morir. Estaba en el cuerpo marino de Morella Godolfo, y esto era demasiado
malo como para seguir viviendo.
