ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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La habitación pareció oscurecerse ante los ojos de Dean. La figura del japonés se alejaba,
disminuyendo de tamaño. Por la ventana llegó el fragoroso ruido de las olas, y sus ondas resonaron
en el cerebro de Dean. Dentro del estruendo penetró un susurro débil y persistente.
—Acepta —murmuraba—. ¡Acepta!
Y Dean escuchó que su propia voz aceptaba la invitación de Yamada. Parecía incapaz de pensar en
forma coherente. Este último sueño lo perseguía... y ahora la inquietante historia del doctor
Yamada... Estaba enfermo... ¡Eso es!, muy enfermo. Necesitaba dormir mucho, ahora. Le pareció
que lo inundaba y lo trataba una oleada de oscuridad. Dejó gustosamente que recorriera su fatigada
cabeza. Sólo existían la oscuridad y el incesante susurro de aguas agitadas. Sin embargo le pareció
que sabía, de algún modo extraño, que aún se encontraba —alguna parte externa de él— consciente.
Extrañamente se dio cuenta de que el doctor Yamada y él habían dejado la casa, entraban a un
coche, y recorrían una larga distancia. Se encontraba —con ese otro yo, extraño y externo—
charlando en tono casual con el doctor; entraba a su casa de San Pedro; bebía; comía. Y mientras
tanto su alma, su verdadero ser, era sepultado en las olas de la oscuridad. Por fin, una cama. Desde
abajo, parecía que el oleaje se fundía con la oscuridad que inundaba su cerebro. Ahora le hablaba a
él, mientras se levantaba a hurtadillas y descolgaba por la ventana. La caída hizo vibrar
considerablemente a su yo externo: pero se encontró sobre el suelo, ileso. Se mantuvo en las
sombras mientras bajaba arrastrándose hasta la playa, en las negras y ávidas sombras que eran como
la oscuridad que se agitaba en su alma.
III. Tres horas terribles.
De golpe, volvió a ser él mismo, completamente. El agua fría lo había logrado; el agua en que se
encontró nadando. Estaba en el océano, llevado por olas de un color tan plateado como un
relámpago que de vez en cuando fulguraba en lo alto. Oyó el trueno, y sintió las gotas de lluvia. Sin
estar sorprendido por la súbita transición, siguió nadando, como si estuviera totalmente enterado de
alguna meta planeada. Por primera vez en más de un mes se sentía enteramente vivo, realmente él
mismo. Había en él una oleada de alocado júbilo que desafiaba los hechos; ya no parecían
preocuparle su reciente enfermedad, las terribles advertencias de su tío y el doctor Yamada, ni la
oscuridad innatural que anteriormente había oscurecido su mente. En realidad, ya no tenía que
pensar: era como si lo estuvieran dirigiendo en todos sus movimientos.
Ahora estaba nadando paralelamente a la playa, y observó con curiosa indiferencia que la tormenta
se había calmado. Un brillo pálido y brumoso se cernía sobre las rompientes olas, y parecía estar
haciendo señas. El aire estaba frío, lo mismo que el agua, y las olas altas; sin embargo, Dean no
sentía ni frío ni fatiga. Y cuando vio los seres que lo estaban esperando en la playa rocosa que se
encontraba delante de él perdió toda percepción de sí mismo, en medio de una creciente alegría.
Esto era algo inexplicable, porque se trataba de las criaturas de sus últimas y más extravagantes
pesadillas. Incluso ahora no los vio simplemente mientras jugaban en las olas, sino que había en sus
tenebrosos perfiles oscuros indicios de un pasado horror. Eran unos seres semejantes a focas;
monstruos grandes, hinchados, parecidos a peces, con cabezas carnosas y disformes. Estas cabezas
descansaban sobre cuellos alargados que ondulaban con una facilidad serpentina, y observó, sin otra
sensación que la de una curiosa familiaridad, que las cabezas y los cuerpos de las criaturas eran de
un blanco descolorido por el mar.
Pronto estuvo nadando entre ellos, nadando con una extraordinaria e inquietante naturalidad. Se
admiró interiormente, con un resto de su sensibilidad anterior, de que ahora las bestias marinas no
lo horrorizaran en lo más mínimo. En cambio, casi con un sentimiento de parentesco, escuchó sus
extraños y graves gruñidos y cacareos; escuchó y comprendió. Supo lo que decían, y no se asombró.
Lo que escuchaba no le daba miedo, aunque, de haber sido dichas en los sueños anteriores, las
palabras le habrían producido en el alma un horror abismal. Supo adónde iban y qué se proponían
