ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf


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hacer cuando todo el grupo se internara nadando en el agua una vez más, y sin embargo, no tuvo
miedo. Por el contrario, sintió una extraña hambre ante el pensamiento de lo que iba a suceder, un
hambre que lo impulsó a adelantarse mientras los seres, con ondulante rapidez, se deslizaban por las
aguas oscuras como la tinta, hacia el norte. Nadaban a una velocidad increíble; sin embargo pasaron
horas antes de que apareciera una costa entre las tinieblas, iluminada por un fulgor luminoso
enceguecedor que venía de la costa. El crepúsculo se ensombrecía sobre las aguas hasta volverse
verdadera oscuridad, pero la luz cercana a la costa ardía brillantemente. Parecía venir de una
enorme nave naufragada que se hallaba en las olas frente a la costa, un gran casco que flotaba en las
aguas como una bestia encogida. Había botes reunidos a su alrededor, y brillantes luces flotantes
que revelaban la escena.
Como por obra de un instinto, Dean, con la manada detrás de él, se dirigió hacia el lugar. Se
movieron rápida y silenciosamente, con sus viscosas cabezas confundidas en las sombras en las que
se mantenían mientras daban vueltas alrededor de los botes y nadaban hacia la gran forma encogida.
Ahora ésta se destacaba por encima de él, y pudo ver brazos que se movían desesperadamente
mientras los hombres se hundían, uno tras otro, bajo la superficie. La masa colosal de la que
saltaban era una nave naufragada de vigas retorcidas, en la que pudo descubrir el contorno combado
de una forma vagamente familiar. Y ahora, con curiosa indiferencia, nadó por allí perezosamente,
evitando las luces que oscilaban sobre el agua, mientras observaba lo que hacían sus compañeros.
Estaban cazando a sus víctimas. Los ávidos hocicos se abrían para tomar a los ahogados, y las
hambrientas garras traían cadáveres de la oscuridad. Cada vez que vislumbraban a un hombre en
sombras aún no invadidas por los botes de socorro, uno de los seres marinos cazaba astutamente a
su víctima.
Al poco rato se volvieron y con lentitud se alejaron nadando. Pero ahora muchas de las criaturas
estrechaban un siniestro trofeo contra sus pechos escamosos. Los miembros de los ahogados, de un
color blanco pálido, se arrastraban en el agua al ser llevados hacia las tinieblas por sus captores.
Con el acompañamiento de risas graves y repugnantes, las bestias nadaron alejándose, de regreso,
lejos de la costa. Dean nadó con los demás. Su mente estaba confusa nuevamente. Sabía qué era eso
que estaba en el agua, y sin embargo no podía recordar su nombre. Había observado cómo esos
aborrecibles horrores cazaban hombres perdidos y los arrastraban hacia el fondo; empero, no había
intervenido. ¿Qué estaba pasando? En ese mismo momento, mientras nadaba con asombrosa
agilidad, sintió un llamado que no pudo comprender totalmente, un llamado al que su cuerpo estaba
obedeciendo.
Los seres híbridos se estaban dispersando de manera gradual. Con un pavoroso chapoteo
desaparecían bajo la superficie de las gélidas aguas negras, arrastrando consigo los cadáveres
terriblemente blandos de los hombres, arrastrándolos hacia la oscuridad que se encontraba debajo.
Estaban hambrientos. Dean lo supo sin tener que pensarlo. Siguió nadando, a lo largo de la costa,
impulsado por su curioso instinto. Eso es; estaba hambriento. Y ahora iba en busca de comida.
Durante horas nadó constantemente hacia el sur. Entonces llegó a la playa familiar, y sobre ella, una
casa iluminada que Dean reconoció; su propia casa en el acantilado. Unas formas estaban bajando la
pendiente; dos hombres con antorchas estaban descendiendo a la playa. No tenía que dejar que lo
vieran; por qué, no lo sabía: pero no tenían que verlo. Se arrastró por la playa, manteniéndose
próximo a la orilla del agua. Aun así, le parecía que se movía con gran rapidez. Los hombres con las
antorchas se encontraban ahora a cierta distancia detrás de él. Adelante se asomaba otro contorno
familiar: una cueva. Había trepado antes por esas rocas, al parecer. Conocía los sombríos agujeros
que salpicaban la roca del acantilado, y conocía el estrecho pasadizo de piedra por el cual logró
hacer pasar su postrado cuerpo.
¿Había sido eso el grito de alguien, a lo lejos? Vio oscuridad, y un charco de agua susurrante. Se
arrastró hacia adelante, y sintió cómo las heladas aguas resbalaban sobre su cuerpo. Apagado por la