ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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¡Morella Godolfo! ¿Dónde estaba ella? ¿Y su propio cuerpo, el cuerpo de Graham Dean? Un
crujido en la sombría caverna, detrás de él, anunció la respuesta. Graham Dean se vio a sí mismo a
la luz de la luna, vio su cuerpo, línea por línea, que avanzaba furtivamente del otro lado del charco
en un intento de deslizarse hacia afuera sin ser advertido. Las aletas de foca de Dean se movieron
rápidamente. Su propio cuerpo se volvió. Fue algo horrible para Dean verse reflejado donde no
existía ningún espejo; y más horrible aún ver que en el rostro ya no estaban sus ojos. La mirada
astuta y burlona de la criatura del mar se clavó en él desde atrás de su máscara de carne, y eran unos
ojos antiguos, malignos. El pseudo-humano gruñó al verlo y trató de escabullirse en la oscuridad.
Dean fue detrás de él, en cuatro patas.
Supo lo que tenía que hacer. Ese ser marino —Morella— se había apoderado de su cuerpo durante
ese último beso siniestro, al mismo tiempo que él era introducido en el de ella. Pero ella aún no se
había recuperado lo suficiente como para salir al mundo. Esa era la razón por la cual la había
encontrado aún en la cueva. Ahora, sin embargo, ella se iría, y su tío Michael nunca lo sabría. El
mundo nunca sabría, tampoco, qué clase de horror acechaba en su superficie, hasta que fuese
demasiado tarde. Dean, odiando ahora su propia forma trágica, supo lo que tenía que hacer.
Con toda intención arrinconó al falso cuerpo de sí mismo en un rincón rocoso. Hubo una mirada de
terror en esos gélidos ojos... Un sonido hizo que Dean se volviera, girado su cuello de reptil. A
través de sus vidriosos ojos de pescado vio los rostros de Michael Leigh y del doctor Yamada.
Antorchas en mano, estaban entrando en la cueva.
Dean supo lo que haría, y dejó de preocuparse. Estrechó el cuerpo humano que albergaba el alma de
la bestia marina; lo estrechó en las aletas batientes de la bestia; lo tomó con sus propias patas y lo
amenazó con sus propios dientes, cerca del blanco cuello humano de la criatura. Desde atrás de él
oyó gritos y alaridos a sus propias espaldas; pero Dean no les hizo caso. Tenía un deber que
cumplir; algo que cumplir. Por el rabillo del ojo, vio que relucía el cañón de un revólver en la mano
de Yamada.
Entonces se sucedieron dos tiros de hiriente llamarada, y el olvido que Dean deseaba. Pero murió
feliz, porque se había cobrado el beso siniestro. Mientras se hundía en la muerte, Graham Dean
había mordido con dientes animales su propia garganta, y su corazón se llenó de paz cuando, al
morir, se vio morir a sí mismo...
Su alma se confundió en el tercer beso siniestro de la Muerte.
LA CAPA - The cloak
Estaba poniéndose el sol y el viento del atardecer arremolinaba las hojas secas y las impulsaba a lo
largo de la estrecha calle, como si quisiera llevarlas hacia el oeste, para que asistiera al entierro del
astro del día.
—¡Tonterías! —murmuró Henderson.
Y procuró apartar de su mente las ideas que habían estado inquietándole. Tal vez se debiesen a que
aquel día era la víspera de la festividad de los Difuntos, y a que pronto caería la noche, la noche tan
temida, antaño; porque se creía que con las primeras sombras empezarían a oírse los lúgubres
lamentos de las almas en pena...
—¡Tonterías! —repitió Henderson, con aire tozudo.
Aquella noche no sería otra cosa que una más del otoño. Y la verdad era que ya iba siendo hora de
