ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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concretamente el completo engaño de sus creencias.
Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a
conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la
verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del
día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que
estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo
cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete. Le prescribí un sedante suave para que lo tomara
aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta la noche
siguiente.
Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digo de estudio: un
profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres
años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba
seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la
falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de
investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición
expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules. El anochecer me encontró dispuesto para la tarea.
A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una
lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al
Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror
nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso
esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.
Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja
muralla que rodeaba la necrópolis. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por
la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del
cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la
oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció
involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los
gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la
diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin,
imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos
portales de la tumba que pretendía haber profanado. No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió,
ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso
interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente
cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó
el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta
inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de
tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios
minutos. Ningu no de los dos decíamos nada.
Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me
las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera
completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi
trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas
profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin
respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre
imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente
a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al
fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad,
¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo
