ROBERT BLOCH Biografia y Compilado De Relatos.pdf

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nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley?
¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar
escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?
Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso
interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más.
Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si
me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar. Fue esto último lo
que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre
estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por
consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su
lado para que me enseñara el camino. La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico.
Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que
estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida
putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los
secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los
gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa
del más espantoso pánico ,aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.
Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían
incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del
pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a
comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego,
también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que
él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia? Al mirar hacia abajo,
recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado
usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este
descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de
asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen
de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera. Rápidamente, encubriendo mi terror
pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los
agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté
de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.
Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes
resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que
este antiguo sendero no había sido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no
temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más
adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio. Abajo, abajo, abajo,
nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la
escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como
ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de
superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura.
Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que
conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía
que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver.
Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros
mientras me aconsejaba que guardara silencio.
Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y
sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad.
Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba
